CUARTA SICILIA

 

Premio de Relato Corto

en lengua castellana 1997

FEDERICO ALONSO-VILLALOBOS

 

Nació en León en 1966. Es licenciado en Filología Románica por la Universidad de Granada. Trabajó como corrector de textos y redactor en diversas publicaciones periódicas. Fundador de la revista Noviembre, actualmente es editor de la revista Polo Norte.

Sus relatos han obtenido el Premio «Campu»s de la Universidad de Santander, el «García Lorca» de la Universidad de Granada y el «Fernández-Lema» de Luraca.

Tiene publicados los siguientes libros: Ojos de olivo y las adelfas de Annual (Granada, 1995), y la novela Un carlista en el Pacífico (Madrid, 1999). Su segunda novela está en trámite de edición.

 

 

 

 

CUARTA SICILIA

 

1

 

El día ha amanecido claro y frío. Durante la mañana el sol se ha ido remontando cielo arriba, como si declinara enfrentarse al hielo y a la escarcha. En el campanario de la iglesia un nido vacío añora el verano y las cigüeñas. Desde el ventanal del salón de plenos, más allá de los tejados y la torre de la iglesia, se ve el frío extendiéndose por los campos. Algunos concejales lo observan con aprensión y, discretamente, detrás de sus espaldas, alargan las manos hacia el radiador mientras conciben la esperanza de que le sesión se prolongue hasta el mediodía. En el reloj del ayuntamiento dan las once.

 

—Señor secretario, le ruego haga constar en el acta la insultante actitud que el señor Sobrado mantiene hacia mi persona.

—Pero hombre, Zamorano...

—Ni Zamorano ni leches, yo soy valderano como el que más. Valderano, vallisoletano, español y ciudadano del mundo, por este orden. ¡Pero valderano ante todo!

—Pero Zamorano...

—Te estás pasando de la raya, Sobrado. Me vienes tocando los cojones desde hace siglos con tu zamorano arriba y tu zamorano abajo.

—Pero Higinio, si te apellidas Zamorano yo qué le voy a hacer.

—No me tutees, Sobrado, no me tutees. Te lo he dicho ya veinte veces, no me tutees en los plenos. Soy el alcalde, y exijo el debido respeto por parte de cualquier miembro de esta corporación, sea de mi propio grupo o de la oposición. Señor secretario, haga constar en acta las constantes faltas de respeto del señor Sobrado.

—¡Un momento, señor secretario! ¡Qué respeto ni no respeto! Si te llamo Higinio, te tuteo. Y si no quieres que te tutee, pues le llamo a usted por su apellido, Zamorano.

—Ni Higinio ni Zamorano. Me llamas señor alcalde, como todo Dios.

—Muy bien. Pero entonces usted tampoco me tutea ni me falta al respeto. Señor secretario, haga usted constar en el acta la blasfemia que acaba de proferir el alcalde, a sabiendas de que soy católico practicante.

—¡Qué blasfemia ni qué hostias! ¡Ya está bien de reventarme el pleno! ¡Si no te callas, te expulso de esta sala!

—Señor secretario, quizás debiera usted ilustrar al señor don Higinio Zamorano, alcalde, acerca de cuáles son las prerrogativas de su cargo. Parece que las ignora, a pesar de que lleva tantos años desempeñándolo. Aunque, bien pensado, quizás sea ése el motivo. Difícilmente entenderá que no puede expulsar a un concejal elegido democráticamente, aunque sea por una minoría como la que yo represento, un alcalde que ya lo era con el régimen anterior.

—¡Me cago en la leche! ¡Ya estamos otra vez con esa mierda de que si yo era alcalde con Franco! ¡Peor es ser franquista ahora, como tú y los de tu partido! Yo siempre he sido un hombre de talante liberal, abierto a las demandas de cada época. Y ya estoy hasta los huevos de que siempre me saques lo mismo a relucir, Sobrado. Mierda, ya me ha subido la tensión. Sigan, sigan ustedes el pleno sin mí, que seguro que entre mis prerrogativas al menos sí está la de irme a mi casa si me pongo enfermo.

 

Poco despues de las once y media, como si hubiese roto el ventanal, el frío entró en el salón de plenos, desalojando a los concejales, que apenas opusieron resistencia. A través de la rendija de una puerta entornada –la del cuarto de calderas–, el alcalde los vió salir. En sus labios apuntó una sonrisa de satisfacción. Mientras en otra dependencia, un sorprendido conserje le comentaba a un compañero el inusitado prurito ahorrador que había asaltado al alcalde.

—¡Pues no me ha mandado apagar la calefacción un doce de febrero!

 

Cuando los cazadores llegaron a la cima, a través de los tamariscos y los escasos alcornoques, surgió la verdadera imagen de Sicilia, comparada con la cual las ciudades barrocas y los naranjos no son más que detalles despreciables. La imagen de una aridez cuyas ondas se perdían en el infinito... Nemesio dejó el libro sobre la mesa camilla, encendió la pipa y se recostó en el respaldo de la butaca. Bajo las faldas de la camilla, sus pies se cruzaron arrimándose al brasero. Indiferente a los progresos del frío al otro lado de la ventana se entretuvo durante un rato exhalando anillos de humo. Volvió a coger el libro sin abrirlo, examinando la cubierta. ¿Cuál habría sido el rostro de su autor, el príncipe de Lampedusa? Debajo de su nombre y del título de la novela, una ilustración reproducía los rasgos de Burt Lancaster en su papel de Don Fabrizio, principe de Salina, en la película de Visconti. Nemesio había visto la película varias veces. Y todos los años, en cada nueva relectura de la novela, volvía a encontrarse al actor americano sobre la cubierta, prestando su rostro al Gatopardo. Al principio, por espontánea asociación de ideas o por una ignota ley de economía iconográfica, Burt Lancaster había encarnado también en la imaginación de Nemesio la figura de Giuseppe Tomasi di Lampedusa. Pero ahora, después de tantas lecturas, Nemesio se sentía legitimado para imaginar un Lampedusa con sus propios rasgos, con cara de Nemesio.

Del que sí conocía la cara, y no se le parecía –lo estaba viendo sobre la estantería, asomándose a una foto en la contraportada de otro libro–, era de Leonardo Sciascia, otro de sus escritores sicilianos. No, no se le parecía nada. Pero sí pudiera haber sido, con su cara de hombre llano y bueno, un buen amigo, si Nemesio hubiese nacido en Sicilia y hubieran coincidido ambos en algún pueblecito, como Racalmuto por ejemplo, cuando Sciascia era allí maestro de escuela, él de secretario del ayuntamiento. Entonces podría haberle dejado leer sus escritos a Sciascia, recabar su opinión como amigo, solicitar su consejo de maestro.

El tabaco se consumió, y Nemesio se levantó para vaciar y limpiar la pipa. Tomó de la estantería un cuaderno y volvió a sentarse. Se puso a escribir.

 

Sicilia es una enorme roca. Sea porque sobre ella no ha transcurrido el tiempo, sea porque los sicilianos tienen otra noción del mismo, el hecho es que la isla entera parece petrificada, revestida de una pesada calidad marmórea. Pues esto, y no otra cosa, es la isla: mármol mitológico, solar sobre el que la historia ha edificado sus ruinas. Bajo esas ruinas, la isla permanece inmutable. El tiempo no ha transcurrido, la erosión de los siglos ha arruinado únicamente los templos y los palacios de los invasores, y el corazón de la enorme roca permanece inalterado.

 

Nemesio escribía muy despacio, releyendo cada frase una y otra vez, pronunciando en voz alta cada palabra, deleitándose en sus sonoridades, ensimismándose en la contemplación de fantasmas tan solo aludidos. Redactar aquel párrafo le llevó casi una hora. Cuando dejó la pluma y cerró el cuaderno, ya un buen rato antes se había cerrado la noche.

Cenó tan solo un vaso de leche. Se durmió escuchando música antigua, una canción italiana de la época del dominio aragonés sobre Nápoles:

 

Ayo visto lo mappamundi

E la carta de naviguari,

Mas Xixilia me pari

La piú bella d’aquesto mundi.

Ay xercato con la galeya

La nov’isola de Castella;

Mas Xixilia é tanto bella,

Que pensando me confundi *.

Nemesio Bustamante, secretario del ayuntamiento de Valdera de Duero, provincia de Valladolid, se durmió alentando el sueño de que algún día volvería a Sicilia.

 

 

2

 

—Don Nemesio, dice el alcalde que vaya usted a su despacho.

El alcalde lo esperaba sentado detrás de su escritorio. Estaba hojeando el libro de actas.

—Buenos días, Nemesio. ¿Qué coño ha escrito usted aquí?

Le mostraba el acta del pleno anterior.

—¿Dónde, señor alcalde?

—Aquí abajo, justo antes de «un repentino mal, producto quizás del tiempo inclemente, obliga al Sr. Alcalde a ausentarse, cediendo temporalmente la presidencia de esta reunión del ayuntamiento en pleno».

—Sí, déjeme ver... ¿Aquí?

—Sí, Nemesio, ahí, ahí.

—«El Sr. Alcalde, visiblemente enojado, le reprocha al jefe de la oposición municipal, Sr. Sobrado, su contumacia».

—¿Y eso qué quiere decir?

—Bueno, señor alcalde, sus palabras exactas fueron «me cago en la leche y «ya estoy hasta los huevos». Discúlpeme, pero me ha partecido más oportuno sustituirlas por la expresión «visiblemente enojado».

—No, no, si eso está muy bien. Yo me refiero a lo otro.

—Ah, sí. Verá usted, señor alcalde, la democracia británica cuenta con la figura del jefe de la leal oposición. Aunque ni en nuestra constitución ni en la ley de régimen local está previsto nada así, creo que la expresión define muy bien la labor del señor Sobrado en este ayuntamiento, y por eso me he tomado la libertad de utilizarla en el acta.

—Hombre, usted sabrá, Nemesio. Aquí el que sabe de leyes es usted. A mí no me parece mal, aunque bien pensado, le da a Sobrado una prestancia que no tiene. No veo muy bien de quién puede ser jefe, si es el único concejal de la oposición. De todos modos, está bien que no haya puesto lo de leal. Ese cabrón de leal tiene más bien poco. Pero vaya, no era esto lo que más me ha extrañado. Es esto otro, lo del final. ¿Qué es eso de «contumacia»?

—Señor alcalde, contumacia significa obstinación en el error. El señor Sobrado, como sabe usted mejor que yo, no pierde ninguna ocasión de aludir, con ánimo de irritarlo, a los servicios que prestó usted en la administración municipal del régimen anterior. Con eso de que le reprocha al señor Sobrado su contumacia sustituyo la frase «estoy hasta los huevos de que siempre me saques a relucir lo mismo», expresión sin duda rotunda, pero malsonante y quizás hasta injuriosa, que de constar en acta pudiera ser utilizada algún día por el señor Sobrado contra usted.

—Nemesio, es usted un hombre imprescindible.

—Señor alcalde, cumplo con mis obligaciones.

—Y además, un literato. Le confieso que me gusta muchísimo leer sus actas. como esto del principio: «El día ha amanecido claro y frío. Durante la mañana el sol se ha ido remontando cielo arriba, como si declinara enfrentarse al hielo y a la escarcha. En el campanario de la iglesia un nido vacío añora el verano y las cigüeñas».Joder, es muy bonito. Sí señor, muy bonito.

—Muchas gracias, señor alcalde. Me halaga usted. Ahora, si no le importa, vuelvo a mi trabajo.

—Vaya, Nemesio, vaya. Ah, una cosa. El que tiene contumacia, ¿qué es?

—Un contumaz, señor alcalde.

—Un contumaz. Un contumaz y un cabrón. Jodido Sobrado.

 

El auxiliar le había dejado sobre la mesa la correspondencia del día. Solicitudes, informes, notificaciones... Como de costumbre, sin clasificar. Y ni siquiera las había registrado. Así funcionaba todo en aquel ayuntamiento. El alcalde tenía razón. «Nemesio, es usted imprescindible». Vaya si lo era. Allí nadie tenía ni idea de cómo hacer las cosas. Y menos que nadie, el alcalde. De cuántas burradas había tenido que disuadirlo Nemesio. Si no fuera por él, la corporación en pleno estaría en la carcel. El ayuntamiento de Valdera de Duero lindaba al oeste con la provincia de Zamora y en todas las demás direcciones con la ilegalidad.

Higinio Zamorano no era un hombre especialmente venal, ni siquiera para ser alcalde. Por otra parte, la gestión del ayuntamiento tampoco ofrecía demasiados incentivos para la prevaricación. Valdera era un pueblo poco importante que vivía casi exclusivamente de la agricultura. Su población ni aumentaba ni disminuía, y sólo de tarde en tarde se construía una casa o se abría algún negocio nuevo, con lo cual el ayuntamiento apenas sí concedía otras licencias que las de obras. Las contadas prebendas que el ayuntamiento podía otorgar nunca habían sido motivo de queja; en aquel pueblo todos eran parientes –Sobrado, el contumaz jefe de la leal oposición, era primo segundo del alcalde, y el concepto de nepotismo se esfumaba en sutiles matices de grados, afinidad y compadrazgo.

Lo que obligaba a Nemesio a una cautela extrema no era el riesgo de actuaciones inmorales o arbitrarias, sino la continua desatención de los plazos, cauces y procedimientos legales. La lucha cotidiana contra la tendencia casi invencible del alcalde a infringir la ley había llevado a Nemesio a la conclusión de que el empecinamiento de Zamorano no se debía a una consciente voluntad transgresora.Se trataba más bien de algo atávico. Sin duda, en la mente del alcalde la jerarquía normativa existía, pero, eso sí, invertida. Los bandos, emanación directa de su albedrío, eran la fuente suprema del derecho, a la que seguían, con rango de norma consuetudinaria, reglamentos y ordenanzas. Las leyes ocupaban el peldaño más bajo de esa pirámide invertida, y su valor era más bien anecdótico. En cuanto a la constitución, quedaba fuera del ámbito jurídico, fuera incluso de la realidad; se situaba en una esfera trascendente, desconocida, misteriosa. De la constitución, Higinio Zamorano tenía una intuición oscura, como de una amenaza, un castigo, un ángel vengador. En este temor supersticioso Nemesio había descubierto el único medio para evitar las barbaridades del alcalde. Cuando éste se empecinaba en alguna, Nemesio lo amonestaba aduciendo cualquier precepto constitucional. Por regla general, la pretensión del alcalde, aun siendo irregular, poco o nada podía afectar a la constitución, pero bastaba la admonición del secretario –sobre todo si especificaba el número del artículo supuestamente vulnerado– para que el alcalde desistiera al instante. En el tono condescendiente del alcalde Nemesio percibía el alivio y al mismo tiempo el horror por haberse asomado a abismos insondables.

—Usted sabrá, Nemesio, usted es el que sabe de leyes.

Los concejales, más bien silvestres, rara vez aparecían por el ayuntamiento. Sobrado, el único medianamente cultivado, venía con mayor frecuencia, pero sólo para enredar. Diez años de solitario enconamiento habían conferido a su labor de oposición rasgos épicos y le habían avinagrado el carácter. Al principio Sobrado había intentado ganarse al secretario para sus intrigas, pero la circunspecta integridad de Nemesio lo había desanimado, y ahora lo consideraba un enemigo.

Otros inquilinos del ayuntamiento habían logrado, en cambio, sacar provecho de su carácter. Oficiales, auxiliares y conserjes habían instaurado un procedimiento consistente en demorar cualquier trámite hasta uno o dos días antes de la finalización del plazo establecido, momento el que mediante una peculiar delegación inversa elevaban el asunto al secretario. Este procedimiento tenía la virtud de convertir cualquier nimiedad en cuestión perentoria. Nemesio, incapaz de permitir la vulneración de un plazo, se ocupaba personalmente del asunto, liberando al funcionario competente. Y puesto que Nemesio tampoco era capaz de proceder contra sus subordinados, ni siquiera de reconvenirlos, toda la actividad administrativa del ayuntamiento de Valdera de Duero –entre otras muchas cosas, la correspondencia– convergía en la mesa del secretario.

Nemesio se levantó para registrar las cartas. Del montón se escurrió al suelo una en la que no había reparado. La recogió. El sello era extranjero. Italiano. El remite, de Sant’Agata, Sicilia. Abrió el sobre. La carta estaba en español. Volvió a sentarse. La leyó tres veces. Se levantó de nuevo y corrió al despacho del alcalde.

 

 

3

 

La ambigüedad, una silenciosa reserva, el extrañamiento propio y la perplejidad ajena, cierta inclinación al absurdo, son evidencias que definen el paisaje humano de la isla y se convierten en rasgos característicos en las páginas de los escritores sicilianos. Pero como tales evidencias son asimismo las señas de identidad del hombre contemporáneo, podemos tener la tentación de pensar que el ser siciliano es una metáfora de la condición humana; de interpretar la propia isla como una alegoría del mundo.

 

Nemesio dejó de escribir y llenó otra vez la pipa. El calor de la lumbre le entibió la mano, que se le había quedado fría. Al aspirar el humo, el fuego se avivaba; ascendía desde el fondo de la pipa un resplandor rojizo de magma incandescente; alguna hebra de tabaco mal prensada se levantaba, retorciéndose como un alma condenada entre las llamas. Abrasada, se encogía y se deshacía carbonizada. A un palmo de su nariz, Nemesio contemplaba una miniatura del infierno y entraba en calor.

Era ya de noche. La tarde había pasado llevándose de su ánimo una inquietud a la que no estaba acostumbrado. Desde mucho tiempo atrás, para él los días eran siempre iguales. Ya no se sucedían unos a otros, días y noches, meses, estaciones, años. Para Nemesio el tiempo transcurría solamente en el ámbito de las relaciones administrativas, no en su vida. En ella, el momento –si lo hubo– ya había pasado, y ahora estaba fuera de plazo.

Sus días no pasaban, se amontonaban uno encima de otro. Con esmero cultivaba el arte de hacerlos coincidir en su perfil, recortando cualquier irregularidad, cualquier temor, cualquier esperanza. Todos los días eran iguales, todos los días el mismo día. Así había logrado hacer soportable el peso de los días amontonados. Un año pesaba un día. Y un día se extendía como un páramo, se adelgazaba, perdía consistencia, se hacía leve. El alcalde, los concejales, los conserjes, las actas, las licencias, los expedientes –bultos, volumen, masa– se volvían sombras en la tarde veladas por el humo de la pipa.

Humo y sombras, eso eran sus tardes. De páginas leídas por la tarde entre humo y sombras estaba hecho su sueño de Sicilia, un sueño que percibía más nítido y cercano que aquel cuarto desde donde soñaba, en una pensión de un pueblo de la provincia de Valladolid de cuyo ayuntamiento era secretario y en donde todo le era ajeno. Sicilia se le aparecía en cambio como algo propio, íntimo. El paisaje de la isla se desplegaba en el sueño como un mapa de su propia existencia sin afectos. La imagen de una aridez cuyas ondas se perdian en el infinito... En los libros de los autores sicilianos Nemesio leía la crónica de una historia arruinada y estéril, de una vida fuera del tiempo. Leía y soñaba Sicilia como una patria de la que lo hubiera desterrado el nacimiento. Albergaba la quimera de un posible retorno: regresar, volverse niño, no nacer.

En el exilio vespertino de su cuarto esbozaba apuntes de ese sueño. La Sicilia descubierta en los libros iba tomando en su cuaderno contornos más precisos. Copiaba una frase de Sciascia o Lampedusa, la extendía desenvolviendo los fantasmas que su sueño le sugería, tachaba después la frase original. En sus notas sobre Sicilia se leía el diario de su vida estancada.

Sicilia estaba en su cuaderno y en sus libros. Allí se quedaba cuando a las ocho de la mañana él se iba al ayuntamiento, y allí lo esperaba cuando después de comer subía a su habitación. Sicilia eran sus tardes.

Y ahora Sicilia, inesperada, aparecía en la clara luz de la mañana, sin haberla invocado entre humo de pipa y sombras vespertinas. La carta recibida en el ayuntamiento anunciaba la llegada de una delegación a Valdera para recoger los restos de la fundadora de Sant’Agata.

 

 

4

 

El pleno del ayuntamiento se reunió a las doce del mediodía, dos horas más tarde de lo habitual. A esa hora el sol calentaba al menos un poco el salón municipal. Al proponer al alcalde el cambio de hora, Nemesio se había guardado mucho de decirle que la iniciativa había partido de Sobrado; de haberlo sabido, el alcalde posiblemente hubiera adelantado el pleno a las ocho de la mañana.

Higinio Zamorano tomó la palabra, sin que los concejales, que estaban hablando de sus cosas, le hicieran mucho caso.

—Comienza este pleno con la lectura del orden del día. Proceda, señor secretario.

—¡Un momento! Por falta de quórum, el pleno no se puede celebrar –Sobrado sí había estado atento, como de costumbre, a las palabras del alcalde.

Zamorano se volvió hacía el secretario.

—¡No te jode este tío! ¡Que no hay quórum! ¡Pues si no lo hay, se compra y santas pascuas!

Eran tantas las burradas que Nemesio le había oído al alcalde que para él habían perdido ya toda su gracia. Lo que no dejaban de producirle era una tremenda perplejidad, en medio de la cual comenzaba a abrirse camino el desaliento. En voz baja Nemesio le explicó al alcalde que el quórum no era una cosa que se pudiera comprar, y que Sobrado tenía razón: faltaban más de la mitad de los concejales, y por lo tanto el pleno no se podía celebrar; «como establece la constitución», añadió para atajar la tendencia perenne del alcalde al empecinamiento.

Tampoco a Sobrado le pareció graciosa la salida del alcalde. Los demás concejales, que por fin se habían callado, parecían bastante conformes con ella. Pero Sobrado, que debía de ser el único además de Nemesio en conocer algunos de los cultismos latinos de la lengua española, se mantenía fiel a su vehemencia de opositor.

—¡Eso, eso, que se compre el quórum! Es decir, que el presidente de la corporación nos incita aquí a todos a una prevaricación solidaria. Señor secretario, que conste en acta esta instigación a la ilegalidad.

Nemesio, conmovido en parte por la expresión del rostro del alcalde, que se había quedado boquiabierto de asombro, y en parte sabedor por experiencia de que ese asombro se convertiría pronto en indignación y la boca se cerraría para volver a abrirse desatando una tempestad en el salón de plenos, decidió echarle una mano al alcalde.

—Tiene usted razón, señor Sobrado; por falta de quórum, el pleno no se puede celebrar. Y por tano, como es lógico, no se puede hacer constar en acta ninguna incidencia ocurrida durante un pleno que no ha tenido lugar.

Ahora era Sobrado el que se quedaba con la boca abierta. Al mismo tiempo el alcalde recobraba la movilidad de los músculos faciales y la alegría ocupaba el lugar de la ira abortada. Un «es usted un tío imprescindible y cojonudo, Nemesio» susurrado al oído del secretario fue recibido con legítima satisfacción. Satisfacción que no fue freno para su diligencia.

—De todos modos, y teniendo en cuenta la relativa urgencia del asunto previsto en el orden del día, creo que sería oportuno, en lugar de demorar la sesión, si al señor alcalde y a los señores concejales así les parece, transformar este pleno en sesión ordinaria.

Ni siquiera Sobrado se opuso a aquella sensata sugerencia, de modo que Nemesio procedió a la lectura del orden del día.

—Punto único: comunicación a los miembros de la corporación del contenido de la carta remitida a este ayuntamiento desde Sant’Agata, Sicilia, Italia, y adopción de las iniciativas que la corporación estime oportunas.

Nemesio levantó los ojos del acta y miró al alcalde.

—Prosiga, Nemesio, prosiga.

—El pasado jueves se recibió en este ayuntamiento una carta, redactada en español y firmada por el alcalde de la susodicha localidad italiana de Sant’Agata, en la que se anuncia la llegada a Valdera, el día veinte de abril –es decir, dentro de dos meses–, de una delegación encargada de: a) solicitar que le sean entregados los restos de la fundadora de esa ciudad; b) estudiar conjuntamente con esta corporación la posibilidad de un hermanamiento entre ambas poblaciones. El alcalde solicita la colaboración de esta corporación y adjunta fotocopia del acuerdo adoptado por la junta comunal el pasado día tres del corriente. Por cierto, la fotocopia está en italiano y además borrosa, así que no se entiende casi nada.

—Luego dirán que los chapuceros somos nosotros, los españoles.

—Señor alcalde, ¿le importaría, si no es mucha molestia, guardarse sus comentarios para después y permitir que el secretario termine de informarnos?

—Sobrado, contumaz, me cago en tu madre.

El exabrupto del alcalde sólo lo escuchó Nemesio, que hizo como si no lo hubiera oído.

—La verdad, señor Sobrado, es que no hay mucho más que informar. En la carta no pone nada más.

—Pues entonces se impone escribir a los italianos acusando recibo de la carta y pidiendo datos. Hay aquí varias cuestiones, dejando aparte eso del hermanamiento, que no sé a que cuento viene, que conviene aclarar, a saber: a) ¿cómo vamos a saber nosotros quién es la fundadora de su ciudad, si no nos lo dicen?; b) ¿de dónde sacan que los restos de esa señora los tenemos nosotros?; c) y si en efecto es así, ¿dónde se supone que los tenemos? Que nos lo aclaren antes de presentarse aquí en Valdera.

Sobrado miró a los demás concejales. La claridad con que acababa de plantear tan problemáticas cuestiones, ordenándolas en apartados –método, por otra parte, que Nemesio había empleado un momento antes, y que Sobrado adoptaba sin ironía, por eficaz–, le había proporcionado el mudo ascenso de la mayoría. En sus bocas cerradas parecía estar formándose un unánime «eso, eso que lo aclaren». Por un momento, único quizás en diez años de oposición, Sobrado dejaba de sentirse un solitario político, lo que le produjo un fastidio inmediato. Afortunadamente, el alcalde rompió la tétrica ilusión del consenso.

—¡No señor, no tienen que aclararnos nada! ¿Es que queréis que nos tomen por unos catetos? Cuan­do no nos dicen el nombre de la fundadora esa, será porque tendríamos que saberlo. No lo sabemos porque somos ignorantes. Ignorantes, sí, pero catetos no. He estado dándole vueltas a la carta, y me parece a mí que si la ciudad se llama Santa Agata será porque la fundadora fue esa santa.

Esta vez las palabras del alcalde sí le hicieron gracia a Sobrado.

—Sí, hombre, claro, y San Sebastián lo fundó San Sebastián, y Santiago de Compostela el mismísimo apóstol. ¿Cuándo se ha oído que un santo vaya por ahí fundando ciudades y poniéndoles nombre? Y además, si la santa estuviera enterrada aquí, ¿cómo es que nosotros no lo sabemos?

Con cierta timidez y deseosos de expiar el silencioso asentimiento prestado a Sobrado, algunos concejales se aventuraron a apoyar la teoría del alcalde.

—Bueno, a lo mejor es que no es una santa muy importante. En el monasterio hay mucha gente enterrada, condes, obispos, el condestable de Castilla. Igual está ahí y nadie lo sabe. O, como no es española, nadie le ha prestado atención.

—Podríamos preguntarle al abad.

—No, al abad no, que es de Zamora y lo mismo nos engaña. Mejor al cura, que estudió en Roma y seguro que lo sabe.

El alcalde se solviantó.

—El abad, el cura... ¿por qué coño tenemos que recurrir a ellos? Se trata de una cuestión entre ayuntamientos, no hace falta meter aquí a la Iglesia. Luego pasa lo de siempre, que lo mangonean todo, y al final lo único que le toca al ayuntamiento es pagar los gastos.

—Señor alcalde, profesa usted un anticlericalismo trasnochado, algo que no es extraño en los conversos de última hora a la demagogia progresista. Qué fácil es despotricar ahora contra la Iglesia, precisamente ahora, y no hace quince años. Pero claro, todo sea por seguir en el puesto. Ya lo dijo Pemán: hace falta que todo cambie, para que todo siga igual.

A Nemesio le costó contenerse y no corregir a Sobrado. Pero olvidó la ofensa inferida a Lampedusa, atribuyéndole a otro su frase –encima, a Pemán– en cuanto observó la rigidez que había vuelto a adueñarse del rostro del alcalde. «Ya está, ahora por fin estalla». Sin embargo las facciones de Zamorano parecieron dulcificarse, y en su boca apuntó una sonrisa taimada, como la de quien ha estado esperando la ocasión propicia para hacer uso de un recurso definitivo.

—Sobrado, yo pensaba que eras un contumaz, pero veo que me quedaba corto. Lo que eres es un relapso.

Ahora comprendía Nemesio, en medio del sobresalto, porqué a primera hora de la mañana el alcalde le había pedido prestado el diccionario. Lástima que el azar no hubiera puesto también ante sus ojos la palabra «quórum», que cierra la sección anterior a la ere.

—Dos veces relapso; vamos, un relapso del copón, como todos los de su partido. Relapsez a): vivimos en democracia, y democracia significa que la iglesia no pinta nada, pero tú y los tuyos os empeñáis en que vuelva a pintar. Relapsez b): sigues empeñado en echarme en cara que fui alcalde con el Caud... con el régimen anterior, y la verdad es que, aparte de que ya estoy cansado de esa canción, no viene a cuento, porque todo el mundo sabe que yo siempre me he llevado mal con el cura, cuando Franco y después de Franco, y si no, acuérdate de lo que pasó con la visita del obispo.

Se acordase o no Sobrado, no pudo decir nada, porque la elocuencia del alcalde lo había dejado mudo. Zamorano disfrutó de su triunfo durante un instante y luego decidió mostrarse magnánimo.

—Como además de relapso eres un contumaz, por supuesto que no me vas a dar la razón. Pero mira, yo sí soy capaz de dársela a los demás. Es verdad, sólo el cura nos puede decir si esa santa está enterrada aquí. Esta misma tarde el secretario y yo iremos a verlo. Pero yo a ése no le dirijo la palabra. Te vienes con nosotros, y serás tú quien hable con él.

De primeras, a Sobrado le vinieron ganas de mandar al alcalde a hacer puñetas, pero logró contenerse antes de abrir la boca. Bien mirado, la decisión del alcalde le permitía desempeñar un papel importante en aquel asunto sin tener que comprometerse personalmente a nada. Acompañando a Zamorano y al secretario, no podrían ocultarle información, como tantas veces –estaba seguro– habían hecho esos dos. Y por otro lado, hablando él mismo con el cura, evitaría que la relación del ayuntamiento con la Iglesia se deteriorara todavía más. Quién sabe, hasta era posible que el cura informase favorablemente al obispo acerca de él, lo que sin duda llegaría a oídos de su partido en Valladolid.

Con el voto afirmativo de los demás concejales y la abstención de Sobrado se aprobó la propuesta del alcalde. Por una tarde, Nemesio buscaría Sicilia fuera de su cuarto.

Lo de la visita del obispo era cosa de quince años atrás, y efectivamente, desde aquel día el cura y el alcalde no se hablaban. Y dado que la voluntad de cada uno de ellos era ley en su respectivo territorio, su enemistad personal se traducía en lo institucional en una acusada indiferencia entre parroquia y ayuntamiento, con inevitables momentos de tensión –ambos edificios estaban uno enfrente del otro, en extremos opuestos de la plaza– que alcanzaban su punto culminante el día de la fiesta del pueblo. Ese día –precisamente el día en que había venido el obispo–, desde hacía varios años tenía lugar en la plaza un concurso de bandas municipales llegadas de toda la provincia, y el propio alcalde se encargaba de que el certamen comenzara a la misma hora en que empezaba la misa en honor del patrón de Valdera, San Miguel. El cura correspondía sacando al santo en procesión nocturna a una hora que cada año variaba, dependiendo del momento en que el alcalde se hubiera retirado a descansar. Lo que no variaba era el recorrido de la procesión, que daba tres vueltas alrededor de la casa de Zamorano, precedida –según innovación introducida hacía dos años, con vocación de convertirla en tradición valderana– por la banda ganadora del concurso.

Además de ganas de fastidiar, Nemesio veía en aquella circunvalación anual de la casa del alcalde un ritual purificador, la voluntad subconsciente del cura de llevar a cabo un exorcismo. Aquella casa había sido el epicentro del cisma valderano, de la ruptura entre el cura y el alcalde, entre el poder temporal y el espiritual. Cuando, quince años atrás, el obispo de Valladolid anunció su visita a Valdera el día de San Miguel y su intención de pasar la noche en el pueblo para visitar al día siguiente el monasterio, el cura se vió en un aprieto. Su casa era demasiado pequeña para alojar en ella al obispo y a su secretario. Entonces el alcalde ofreció la suya, en la que había dos cuartos disponibles, que hizo vaciar de trastos y limpiar. Cuando el cura se presentó allí para supervisar la instalación de la cama del obispo, cayó en la cuenta de un inconveniente que se les había pasado por alto. En aquella época en Valdera todavía no había agua corriente. Podían traer agua del pozo para que el obispo se lavase, pero ¿qué sucedería si el obispo sentía otro tipo de necesidades? La estancia prevista en Valdera, un día con su noche y la mitad del día siguiente, era lo suficientemente larga para que esa contingencia se presentara de forma ineludible. El cura puso a Zamorano al tanto de aquel problema, que al principio al alcalde no le pareció tal: que el obispo hiciera como todo hijo de vecino, detrás de su casa había una cuadra muy apropiada. El cura le explicó que no era propio de un obispo, acostumbrado a más muelles asientos, ponerse en cuclillas en medio de una cuadra. Ni la postura convenía a su dignidad, ni el obispo tenía costumbre, ni la ropa talar le permitiría mantener el quilibrio requerido para la operación. Zamorano no sabía qué decir.

El cura tuvo entonces una idea que tendría consecuencias nefastas para las relaciones entre la Iglesia y el poder público en Valdera de Duero. Se le ocurrió instalar un retrete en la casa del alcalde; pero, dado que no había agua corriente, sería tan sólo un retrete «ad hoc», para aquella ocasión. Podían colocarlo en una esquina de la habitación donde dormiría el obispo, en el primer piso, y disimularlo con un cancel –con motivos litúrgicos– a modo de biombo, que el cura traería de la iglesia. Un agujero practicado en el entablado de la habitación, debajo del retrete, y un barreño situado estratégicamente en el cuarto de abajo –que resultaba ser el dormitorio del alcalde y su mujer– permitirían una cómoda e higiénica evacuación episcopal.

A Zamorano la propuesta del cura no le gustó demasiado, y menos aún cuando éste le quiso hacer ver que era al ayuntamiento al que le correspondería la adquisición del sanitario. Zamorano se negó rotundamente; si el retrete estaba destinado al uso del obispo, el gasto debía sufragarlo la parroqia. Bastante había hecho ya él ofreciendo su casa. El cura tuvo que recurrir a amenazas de diversa gravedad, desde una queja al gobernador hasta la excomunión y el castigo divino. Finalmente, el alcalde acedió. A la mañana siguiente –víspera de la fiesta– partió hacia Valladolid acompañado del predecesor de Nemesio y de un creciente despecho hacia la Iglesia en general y el cura en particular. A las doce del mediodía, con el retrete ya en la furgoneta y de regreso hacía Valdera, después de haber soportado las bromas de algunos conocidos de la capital que se lo habían encontrado con él a cuestas, el despecho se había convertido en rencor. Lleno de ese rencor besó la mano del obispo al día siguiente, y rencoroso se pasó la noche en vela, al lado del barreño, preparado para vaciarlo –de acuerdo con una exigencia que su mujer le impuso como requisito para la conservación de la armonía conyugal– en cuanto el obispo tirase de la cadena en el piso de arriba.

Contra todo pronóstico, el obispo no usó el retrete, ni siquiera para hacer pis. Sin embargo, al día siguiente, en la visita al monasterio pidió que le indicasen dónde estaba el lavabo. Al alcalde la ira le comía las entrañas. Cuando unos días despues el secretario se negó a cargar al ayuntamiento la factura del retrete –puesto que había sido instalado en casa del alcalde, se trataba de un bien particular, y no municipàl, que le correspondía pagar a Zamorano de su bolsillo–, el rencor dejó paso al odio. Un odio alimentado durante todos los años que tardó en llegar a Valdera el agua corriente, cada vez que el alcalde entraba en la habitación del piso superior y veía el inútil sanitario en su rincón –el biombo se lo llevó el cura la misma tarde que se marchó el obispo.

 

Al salir del ayuntamiento el alcalde se acordó de que tenía cosas que hacer en el campo, así que convinieron en dejar la entrevista con el cura para la última hora de la tarde. A las nueve Nemesio se encontró con Sobrado y el alcalde delante de la iglesia. El cura no estaba en su casa. Sobrado se acordó de que solía cenar en el mesón. Hacia allá fueron, y en efecto, allí estaba, sentado en una mesa, con la sotana remangada y los pies metidos en un barreño de agua caliente, cenando unas chuletillas de cordero. Sobrado y Nemesio se le acercaron. El alcalde se quedó atrás, en el umbral. La visión del barreño había reavivado en él el recuerdo de la visita del obispo.

—Buenas noches, don Manuel, y buen provecho. ¿Permite que nos sentemos?

—Buenas noches. Siéntense, siéntense. Si ustedes gustan... están divinas– el cura señaló con la barbilla, brillante de grasa, la fuente de chuletillas.

—No gracias, ya hemos cenado. Pero un vino sí que tomaremos. ¡Chico, pon una jarra y tres vasos!

El cura miró de reojo hacia la puerta, donde seguía el alcalde. Terminó de roer la chuletilla que tenía entre las manos y se limpió los dedos y la barbilla con la servilleta desplegada sobre su pecho. Volvió a mirar al alcalde con más curiosidad que suspicacia.

—Ustedes me dirán a que debo esta visita de las fuerzas municipales. El concejal de la oposición, el secretario... Veo que ha venido también el alcalde. Sólo falta el guardia. ¿Qué ha pasado, han proclamado la república?

—No, don Manuel, ¡qué cosas tiene! –a Nemesio la risa de Sobrado le pareció un tanto servil–. Venimos por Santa Agata.

—¿Santa Agata? ¿Y qué ocurre con Santa Agata?

Nemesio quiso intervenir.

—Es una santa siciliana.

—¡Toma, ya lo sé! Santa Agata Sícula, vírgen y martir de Catania, tambien llamada Agueda. Recibió la palma del martirio en el año 253, siendo Daciano emperador.

Sobrado, un poco molesto por la intervención de Nemesio –consideraba que el papel de interlocutor del cura le correspondía a él en exclusiva, ¿acaso no lo había querido así el alcalde?–, recuperó la iniciativa.

Esa debe ser. ¿Y qué pasó con ella?

—¿Cómo que qué pasó? Pues que el libidinoso Quintiliano, cónsul de Sicilia, quiso satisfacer con ella su concupiscencia y arrastrarla a la idolatría. Pero como Agata rechazó sus proposiciones, la hizo torturar. Entre otras barbaridades, le arrancaron los pechos, que milagrosamente volvieron a brotarle, íntegros y completamente sanos. En medio de su martirio, llevó a cabo muchos milagros; por ejemplo, estando en la cárcel fue misteriosamente socorrida por san Pedro.

—No, si yo lo que me refiero es a lo que pasó con su cuerpo. ¿Dónde está enterrada?

Nemesio tuvo que reconocer que, con todo lo molesto que solía resultar en el ayuntamiento, Sobrado sabía ir al grano cuando quería.

—Fue enterrada en Catania. Justo un año después de su muerte, un volcán próximo a la ciudad entró en erupción, y los paganos, acordándose de los milagros que había obrado la santa, corrieron hacía su sepulcro, lo abrieron y, tomando el velo en el que había sido envuelta, lo colocaron frente a la riada de ardiente lava que bajaba del volcán. La corriente de fuego se detuvo, la lava se enfrió y la ciudad se salvó de la destrucción. Sólo entonces los paganos se dieron cuenta de que el sepulcro de la santa no guardaba nada más que el velo.

—Y entonces, ¿el cuerpo?

—Bueno, es posible que algunos cristianos, aprovechando la confusión causada por el volcán, sacaran el cuerpo de la tumba para llevárselo a otro lugar donde pudieran venerar sus reliquias con menor peligro. O quizás se lo habían llevado ya antes. Pero el hecho es que en ningún lugar se conservan esas reliquias. Solamente quedó el velo. Y eso, hasta que los árabes invadieron Sicilia; luego se perdió.

—Vaya por Dios. Y, oiga, don Manuel, ¿Santa Agata fundó alguna ciudad?

—Pues no, que yo sepa. Hijo, los mártires del cristianismo no han sido fundadores de ciudades.

La gloria a la que aspiraban no era de ámbito municipal –el cura levantó la vista hacia el alcalde, que se había acercado a la mesa sin que ninguno reparase en ello. Sobrado se dio la vuelta.

—¿Lo ves, Higinio? Ya te lo decía yo. No es Santa Agata la que buscan.

El alcalde no prestó atención a Sobrado.

—La santa ¿era joven cuando la mataron?

El concejal y el secretario se miraron con aprensión. Quince años de hostilidades, y ahora el alcalde se dirigía a don Manuel como si tal cosa. El rostro del cura permaneció impasible durante unos instantes. Solamente el brillo de sus ojos denunciaba la cruenta lucha que debía de estar desarrollándose en su interior. Finalmente abrió la boca para contestar al alcalde con la misma cordialidad que había usado con sus compañeros.

—Muy joven. Su juventud, unida a su doncelled, fue el tesoro que en su martirio le ofreció a Cristo.

—¿Y era hermosa?

—Muy hermosa. Bellísima. El cónsul Quintiliano bebía los vientos por ella.

A Nemesio le pareció que el alcalde se había quedado ensimismado, como si estuviera muy lejos de allí. Permanecieron un rato en silencio, hasta que Sobrado vació su vaso y rompió el encantamiento.

—Bueno, son ya casi las diez y mi mujer me está esperando. Buenas noches, don Manuel, y gracias por la información. Se levantó y fue hasta la barra para pagar la cena del cura y el vino de los demás. Nemesio se despidió también. Al levantarse, rozó discretamente con el hombro al alcalde, que seguía inmovil.

—¿Nos vamos, señor alcalde?

—Sí, Nemesio, vamos. Buenas noches, don Manuel.

—Buenas noches. Ya me contarán un día de estos a que se debe su interés por Santa Agata. Que, por lo visto, sigue obrando prodigios.

Sobrado les dijo adiós en la puerta del mesón. Nemesio y el alcalde cruzaron la plaza y caminaron juntos un trecho. El alcalde había vuelto a ensimismarse.

—Señor alcalde, si le parece bien, mañana escribo a los italianos y les pido más datos.

—¿Eh? Ah, sí, Nemesio, claro. Escríbales, que usted sabe. ¡Qué animales! ¡Mira que cortarle los pechos!

Cuando al llegar al final de una calle se separaron, Nemesio se dio cuenta de que el alcalde no iba hacia su casa, sino que volvía sobre sus pasos.

 

 

5

 

Sicilia es una piedra, es mármol. Y marmóreo es el mutismo de los sicilianos. El silencio es su modo de ser en el mundo. O, más bien, su modo de defenderse del mundo, de sustraerse a los invasores, a los extraños –también es silencio no hablar claro, hacerlo con palabras oscuras, elusivas–. Los sicilianos hablan entre sí, es decir, habla el siciliano consigo mismo, pero no intercambia palabras con el extraño. También él es una piedra. Una isla. Esa es su voluntad: petrificarse, aislarse.

Pero el hombre es palabra, lenguaje. El hombre quiere comunicarse y tiene necesidad de ello. ¿Acaso el siciliano no es humano? «El siciliano se cree un dios», escribe Lampedusa con cinismo. Pero ningún dios se ha transformado a sí mismo en piedra. Quizás el siciliano sea un semidiós, y su voluntad de aislamiento, conformidad con un castigo divino. Costumbre de ser piedra.

 

Nemesio encendió de nuevo la pipa y miró el reloj. Todavía faltaba una hora. Cerró el cuaderno, lo puso en la estantería y se tumbó sobre la cama a esperar. No estaba nervioso, aunque se había tomado dos cafés después de la cena. Tampoco le inquietaba lo arriesgado de la expedición en la que iba a participar esa noche; si al principio se había opuesto, escandalizado por su carácter delictivo –con la concurrencia de numerosas agravantes– e indignado porque se le quisiera implicar a él, secretario del ayuntamiento y, como tal, garante de la legalidad en Valdera de Duero, enseguida el escándalo y la indignación fueron desplazados por la curiosidad. Nemesio, acostumbrado a no ser actor, ni en el trabajo ni en la vida, sino tan solo fedatario, testigo de la actuación de los demás, también esa noche se veía a sí mismo como mero observador de una empresa ajena. La tarde pasada en su cuarto, sus libros, sus apuntes, habían apagado todo rescoldo de inquietud, devolviéndolo a la isla fuera del tiempo y de la existencia.

Sicilia.

Esa mañana, mientras pensaba en qué términos iba a redactar la carta que debía enviar a los de Sant’Agata, el cura había pasado por delante de su mesa. Cuando Nemesio, sorprendido, lo saludó, se detuvo a hablar con él. Venía a ver al alcalde. En efecto, la noche anterior Zamorano había vuelto al mesón y le había pedido que le contara más cosas acerca de la santa. El cura le había ofrecido un libro, La leyenda dorada, donde se narraba, además de la historia de Santa Agata, la de decenas de otros santos y mártires. Venía a traérselo, aunque al alcalde sólo parecía interesarle la santa de Catania.

El cura venía también por otro motivo. El alcalde le había contado lo de la carta de Sicilia y la fundadora enterrada en Valdera. A primera hora de la mañana, don Manuel había ido al monasterio y había hecho discretamente algunas averiguaciones.

—Nemesio, creo que no va a hacer falta que escriba usted a los sicilianos.

El cura entró en el despacho del alcalde. Media hora después Zamorano abrió la puerta y llamó a Nemesio. Don Manuel había logrado enterarse de quién era la señora cuyos restos buscaban los de Sant’Agata. Le había preguntado al abad si sabía de alguna italiana enterrada en el monasterio; se trataba –le explicó al abad– de una gestión que le había encargado el obispo. El abad, que se llevaba bastante mal con don Manuel y peor con el obispo, le dijo que no tenía ninguna noticia de ello. Afortunadamente, un monje que regaba unas macetas en el despacho y que a su vez –esa impresión tuvo el cura– tampoco debía apreciar mucho al abad, escuchó la conversación, y mientras acompañaba a don Manuel para abrirle el portón le dio la información que buscaba. Sí, había una italiana enterrada allí: Felice Colonna, esposa de don Fadrique Fernández de Velasco, condestable de Castilla y duque de Duero. A la muerte de don Fadrique, dada la minoría de edad de sus hijos, doña Felice había asumido la administración de sus estados, que incluían el condado de Módica, en Sicilia. Precisamente en Sicilia, con el propósito de sanear la difícil situación financiera de la casa ducal, doña Felice había fundado una nueva ciudad en un territorio deshabitado, pero con un suelo fértil que aún no había sido puesto en explotación. Para favorecer el asentimiento y la ocupación de las tierras, la condesa de Módica concedió a los colonos de Sant’Agata –así se llamó la nueva ciudad, en honor de la santa siciliana– franquicias y exenciones de impuestos. Los restos de doña Felice descansan junto a los de su esposo en el monasterio de Valdera, en sendos sepulcros situados primero en el crucero de la iglesia y después trasladados al claustro.

Desde el monasterio el cura se había dirigido al Ayuntamiento, contento de poder añadir al libro, en señal de reconciliación con Zamorano, la información que éste deseaba. Pero por el camino había caído en la cuenta de que su descubrimiento complicaba las cosas para el alcalde. Habría que solicitar los permisos oportunos para exhumar y trasladar los restos, lo que llevaría su tiempo. Sin duda, el monasterio y la Junta de Castilla y León querrían para ellos un papel principal en el asunto; poco sacaría Valdera de la visita de los sicilianos. El cura tuvo una idea. Se la explicó al alcalde, que quedó inmediatamente convencido. Para llevarla a cabo necesitaban la ayuda de dos o tres personas más. Convencer al secretario resultó más dificil, pero una vez logrado su consentimiento, fue el propio Nemesio quien propuso un cuarto socio para la empresa. Sería muy conveniente implicar en ella a Sobrado; de esa manera evitarían que el pugnaz concejal desbaratara la operación con su tirria contra el alcalde.

Puestos de acuerdo los tres, se habían repartido la tarea. El cura volvería al monasterio para hablar con el portero. Nemesio se encargaría de citar a Sobrado, sin revelarle el plan; luego, sobre la marcha, se las arreglarían para que él mismo quedase enredado. El alcalde llevaría las herramientas que iban a necesitar. Habían convenido en encontrarse delante del monasterio, a las once y media de la noche.

El reloj del ayuntamiento dio las once. Nemesio esperó diez minutos más, apagó la pipa y se puso el abrigo. Cerró tras de sí la puerta de su cuarto, procurando no hacer ruido, y bajó a tientas las escaleras de la pensión.

Fuera hacía una noche heladora. Nadie, salvo el viento, paseaba por as calles de Valdera. Al doblar una esquina Nemesio vió a Sobrado, embozado en una bufanda y andando a buen paso, dirigiéndose al lugar de la cita. Aunque el concejal iba sólo unos cincuenta metros delante de él, no se atrevió a llamarlo, por no atraer la atención de los vecinos. Además, pensó Nemesio, mejor era dejarlo ir solo hasta el monasterio; así evitaría tener que darle explicaciones acerca de la necesidad de su presencia allí a aquellas horas. Sobrado por la mañana no las había pedido; Nemesio le había dicho solamente que se trataba de algo relacionado con el asunto de Sant’Agata, y que irían tanto él como el cura y el alcalde, y pareció bastarle con eso. Pero ahora, en medio de la noche, y con aquel frío, seguro que Sobrado no se quedaría sin hacer preguntas.

Cuando Nemesio salió del pueblo y tomó la carretera que llevaba al monasterio –delante de él, la noche se había tragado ya a Sobrado–, sintió un par de gotas en la mejilla. Se sobresaltó al oír una voz a sus espaldas.

—Aguanieve. Esperemos que no cuaje.

El cura llegó a su lado, sacó una linterna de su bolsillo y alumbró el camino. Algunos metros más allá, Sobrado, al notar el resplandor, se detuvo a esperarlos.

—Buenas noches, señor concejal, y es un decir. Qué puntual es usted.

—Hombre, don Manuel, con este frío cualquiera hace esperar a los demás. Aunque, al ver la que va a caer, me estaba temiendo que no vinieran. Ya me dirán para qué estamos aquí.

—Ahora mismo, cuando llegue el alcalde. No creo que se nos haya adelantado. Pero vamos, no nos quedemos aquí parados.

En menos de cinco minutos llegaron al monasterio. Para sorpresa de Sobrado, en cuanto desembocaron en la explanada que se abría delante del edificio don Manuel apagó la linterna. Avanzaron guiándose por la débil luz que salía de una ventana, la única encendida en toda la fachada, y se refugiaron bajo el umbral de la puerta principal. Las gotas se habían convertido ya en copos de nieve. Al otro lado de la explanada se apagó una lucecita.

—Ya está ahí el alcalde.

Don Manuel llamó a la puerta del monasterio dando tres golpecitos con los nudillos. Se abrió un postigo y un monje asomó la cabeza. El cura se acercó y habló con él. Parecían discutir. Entre tanto llegó el alcalde, empujando una carretilla cubierta con una lona. Sobrado no salía de su asombro.

—Pero bueno, Higinio, ¿qué traes ahí?

—No preguntes, Sobrado, que enseguida lo verás. Cada cosa a su tiempo. ¿Qué ocurre, Nemesio, no entramos?

El cura vino hacía ellos.

—Señor alcalde, ha surgido un contratiempo. Esta mañana le ofrecí al portero cinco mil pesetas y estuvo de acuerdo, pero ahora dice que por menos de quince mil no nos deja entrar. Eso sí, si le pagamos se ofrece a acompañarnos y echar una mano. ¿Traen ustedes dinero? Porque yo aquí sólo tengo las cinco mil.

—¡Caray con el monje! Pues yo he venido sin un duro –el alcalde buscó en los bolsillos–. Mil pesetas. No tengo más.

Nemesio llevaba otras mil. Se las dió al cura. Los tres miraron a Sobrado.

—Bueno, yo sí tengo algo. Pero no sé para que tengo que dárselo. Esto me huele a soborno.

El cura le pasó un brazo por los hombros y se lo llevó aparte. Nemesio no pudo escuchar lo que le decía, pero sí notó cómo el concejal daba un respingo y empalidecía. Nemesio recordó que en el ayuntamiento corrían ciertos rumores acerca de Sobrado. El concejal sacó varios billetes de su cartera y se los dió al cura. A saber qué le había dicho. Don Manuel le guiñó un ojo a Nemesio.

—Pues ya tenemos las quince mil. A ver si ahora nos deja pasar.

El monje cogió el dinero y cerró el postigo. Al momento se abrió un portillo lateral. Entraron los cuatro. Nemesio ayudó al alcalde a meter la carretilla. El monje cerró tras ellos y desapareció, dejándolos a oscuras en el vestíbulo. El cura encendió la linterna.

—¿Dónde se ha metido el fraile?

—Tranquilo, Sobrado. Ha ido a buscar las llaves.

Se oyó un tintineo metálico y el monje reapareció en el halo de la linterna. Llevaba un pesado manojo de llaves. Abrió una puerta al fondo del vestíbulo y les hizo señal de que lo siguieran.

—No hagan ruido. Cuidado con la carretilla.

Cruzaron un par de salas y salieron al claustro. La nieve empezaba a cuajar sobre las losas del patio.

—Joder, que frío está esto. Nemesio, mire a ver, que parece que se ha enganchado la lona en la rueda.

Al tirar de la lona para desengancharla, Nemesio descubrió parte de la carretilla, dejando ver lo que el alcalde llevaba en ella. Sobrado se sobresaltó.

—Pero bueno, ¿para qué son esas barras de hierro?

—Para darte con ellas en la cabeza si no te callas. ¿Es que quieres despertar a todo el monasterio?

El cura, que se había distanciado siguiendo al monje, volvió atrás.

—¿Pero se puede saber qué coño pasa?

—Sobrado, que no deja de dar la lata.

Don Manuel fulminó al concejal con la mirada.

—Señor Sobrado, estamos aquí para prestar un servicio a Valdera. Como representante electo de sus ciudadanos, tiene usted la obligación de colaborar en esta misión.

—No, si yo claro que colaboro, don Manuel, con mucho gusto, pero es que me gustaría saber a qué hemos venido aquí.

El cura se llevó a Sobrado hacia el fondo del claustro, donde esperaba el monje. Nemesio terminó de desenganchar la lona.

—Deje, deje, ya no hace falta taparla otra vez. Oiga, Nemesio, ¿sabía usted que cuando San Pedro se le apareció a Santa Agata en la mazmorra, ofreciéndole la libertad, ella se negó a escapar, para no perder la corona del martirio?

—Pues no, señor alcalde, no lo sabía.

—La verdad es que se había ganado a pulso la corona esa. Fíjese, cuando Quintiliano hizo que le arrancaran un pecho, ella dijo: «Arráncame los dos si quieres, pero no podrás arrancarme los que en alma llevo consagrados a Dios desde niña, con cuya sustancia alimento mi fe». Qué tremendo, ¿eh?

—Pues sí, señor alcalde, tremendo.

Habían llegado al fondo del claustro. En la penumbra se alzaban dos sepulcros. El cura iluminó con la linterna la lápida de uno de ellos. Leyeron la inscripción.

d. fadriqve fernandez de velasco

tercero de este nombre condestable

de castilla dvque del dvero

y de valdera

—No, éste no es. A ver el otro –el cura enfocó la linterna sobre la otra lápida.

doña felice colonna condesa de valdera

y de modica sv mvger

—Bueno, pues aquí está. Manos a la obra.

Nemesio, el cura y el alcalde intentaron mover la lápida, pero pesaba demasiado. El alcalse se volvió hacía los otros dos, que se habían quedado mirando.

—Coño, Sobrado, echa una mano. Y usted también, fray portero, que para eso le hemos pagado.

Bajo el empuje de los cinco, la lápida empezó a moverse. Zamorano cogió una barra de hierro y la introdujo en la estrecha hendedura que había quedado al descubierto entre la losa y la tumba, haciendo palanca con ella.

—Venga, un poco más. No hace falta correrla del todo. Así, así... ya está.

El cura metió la linterna en la tumba y se asomó a su interior. La exclamación de sorpresa sonó siniestra al chocar contra las paredes del sepulcro.

—¡Está vacía!

—¿Cómo que está vacía?

—¡Pues eso, vacía! ¡No hay nada dentro!

Uno tras otro miraron dentro de la tumba hasta que don Manuel se cansó de sostener la linterna. El alcalde le miró perplejo.

—¿Y cómo es posible?

Sobrado sonrió con maldad.

—A lo mejor ésta también es santa, como la otra, y ha volado al cielo en cuerpo y alma.

El alcalde, que aún tenía en la mano la barra de hierro, la apretó e hizo un esfuerzo por contenerse.

—Habrán sido los franceses –el monje se temía que lo obligaran a devolverles el dinero–. Cuando estuvieron en Valdera, saquearon el monasterio y profanaron las tumbas. Es un milagro que las lápidas estén casi intactas.

Volvieron a tapar la tumba. La losa parecía aun más pesada que antes; desalentados, el cura y el alcalde empujaban con menos fuerza. Se sacudieron el polvo de las manos.

—¿Y ahora qué hacemos, señor alcalde?

—Nada, don Manuel, qué vamos a hacer. Habrá que escribir a los sicilianos para decirles que no vengan. Qué mierda, ya me hacía ilusión.

A Sobrado le dolía otra cosa.

—Sí, Higinio, es una pena. Pero ¿a mí quién me devuelve las ocho mil pesetas que le he tenido que dar al monje? Por cierto, ¿dónde se ha metido ése ahora?

El monje había desaparecido sin que los demás se percataran de ello. Don Manuel recorrió las galerías del claustro con la linterna. No se veía al monje por ningún lado. Sobrado reparó en una puerta, a diez metros de ellos, que estaba entreabierta. Por allí debía de haberse ido el monje.

—¡Tendrá cara dura el tío! ¡Pues éste no se larga sin devolverme mi dinero!

Echó a andar hacia la puerta. En ese momento, la luz de la linterna empezó a hacrse más débil.

—¡Vaya, hombre, ahora se gastan las pilas! Espere un momento, Sobrado, que gracias a Dios he traido otras.

Aún no se había apagado la linterna cuando vieron que Sobrado se paraba en seco. Delante de él, algo pálido, blanquecino, empezaba a asomar por la puerta entornada. Un rostro, quizás, pero no el del monje. Un rostro sin piel, sin carne, con las cuencas de los ojos vacías. Una calavera. Sobrado apenas pudo gritar.

—¡Hostia, la muerte!

La linterna se apagó.

Durante los segundos que el cura tardó en cambiar las pilas, los expedicionarios sintieron un frío cien veces más intenso que el de la noche heladora. El horror hizo que la aparición se les quedara grabada en la retina, y ni siquiera la oscuridad logró que se desvaneciera. Durante aquellos segundos, el miedo a permanecer en tinieblas fue tan grande como el espanto ante lo que la luz pudiera revelar.

La linterna volvió a encenderse.

En el marco de la puerta apareció el monje, sosteniendo en sus manos la calavera.

—¡Hombre de Dios, vaya susto nos ha dado!

—Ustedes perdonen, don Manuel, no es culpa mía si se han quedado a oscuras, ni tampoco era mi entención...

Sobrado, apoyado con una mano en la pared, daba bufidos por el sobresalto.

—Pues no sería su intención, pero a mí por poco no me ha dado un infarto.

—Ya les digo que perdonen. Miren, a lo mejor esto les sirve –el monje extendió el brazo, mostrándoles la calavera. Sobrado, que seguía ante la puerta, dio un salto hacia atrás.

—¡Quite eso, coño! ¡Ya son ganas de dar por saco!

—Oiga, sin faltar. Ustedes querían unos huesos, ¿no? Pues ahí dentro hay para escoger.

Con la cabeza, el monje señaló por encima del hombro al otro lado de la puerta, donde sólo se veía oscuridad. El cura se acercó y desde el quicio de la puerta alumbró con la linterna. Los demás lo siguieron; ninguno quería quedarse atrás, otra vez a oscuras.

Penetraron en una amplia estancia. La luz de la linterna, que no llegaba a alcanzar ninguno de sus muros, les reveló hileras de bancos de madera. Estaban en la iglesia del monasterio.

—Vengan por aquí.

El monje los llevó hasta el crucero de la iglesia. Se detuvieron delante de una de las capillas que se abrían a ambos lados.

—Ahí tienen. Un osario aquí y otro enfrente.

El monje se metió en la capilla, escarbando en el suelo con el pie derecho.

—Vean, vean, todo son huesos: cráneos, tibias... Tengan cuidado de no tropezar, que están sueltos.

Entraron en la capilla, pisando con aprensión y siguiendo al cura, que con la linterna trazaba un camino sobre el macabro pavimento.

—Ya les digo, tienen para escoger. Si no les gusta esta calavera, cogen ustedes otra.

Zamorano se arrimó al cura.

—Oiga, don Manuel, este fraile es un caradura, pero no está mal la idea.

—No sé, Higinio, no sé... Quizás sea ir demasiado lejos.

—Tan lejos como lo de sacar a doña Felice de la tumba por nuestra cuenta. Con el riesgo que hemos corrido, no nos vamos a ir de aquí con las manos vacías. Cogemos unos cuantos huesos, y se los damos a los sicilianos cuando vengan; seguro que no hacen preguntas, y se van con ellos tan contentos.

—Pero Higinio, son huesos de cristiano, no está bien...

—¿Y por qué no? ¿Quién nos dice que los franceses no tiraron aquí los de doña Felice? Por muy bárbaros que fueran, no los querrían para echárselos al cocido, digo yo.

—¡Hombre, Higinio, no seas bestia! –don Manuel miraba al monje, que se había agachado y hurgaba entre los huesos–. Pero tiene usted razón, es muy posible que esten aquí, mezclados con los demás. Quizás, con un poco de fe...

Nemesio quiso dar su opinión.

—Si me permite usted, don Manuel... No es cuestión de fe, sino de civismo. No se trata de los huesos de una santa, sino de los de la fundadora de una ciudad. Dándoles a los sicilianos lo que nos piden, aunque los huesos sean falsos, le restituimos al pueblo de Sant’Agata una parte de su memoria histórica.

—Vaya, me van a convencer ustedes. Sí señor, ya estoy convencido.

—¡Pues yo no! –Sobrado, que se había mantenido en silencio, dio un paso adelante, y casi pierde pie al ceder un cráneo bajo su peso–. Yo no estoy nada convencido. Es más, si siguen ustedes con esta historia, estoy dispuesto a sacarla a la luz, caiga quien caiga. Todo, menos ser cómplice de tamaña prevaricación.

En aquel momento el monje se levantó, dejando en el suelo la calavera y sacando otra de entre los huesos.

—Miren, miren ésta. Es más pequeñita, y está mejor conservada. Debió de ser de una mujer o de una niña. Y seguro que era guapa, fíjense que pómulos más finos.

Sobrado se hizo a un lado con repugnancia. El alcalde, en un arranque de inspiración, tomó la calavera que el monje les mostraba y se la puso a Sobrado entre las manos. Paralizado por el asco, y a la vez por una mezcla de horror y de respeto, el concejal no fue capaz de dejarla caer.

—Atención, señor secretario: aquí, el señor Sobrado, dice no se qué de prevaricación. Yo en cambio digo que él ha venido con nosotros al monasterio y ha participado en esta gestión como uno más. De hecho, ahora mismo lo veo sosteniendo uno de los efectos de los que el ayuntamiento va a proceder a incautarse.

—En efecto, señor alcalde, eso mismo veo yo. Y como secretario del ayuntamiento, daré fe de ello, si llega a ser necesario.

—Sois unos hijos de...

—Eh, eh, señor Sobrado, nada de mentar a las madres. A partir de ahora se calla usted, y nos callamos todos; también yo, y ya me entiende.

Sobrado le devolvió al cura una mirada llena de temor y resentimiento. No volvió a abrir la boca, y se quedó de pie, sosteniendo la calavera, mientras los demás se ponían a buscar en el osario.

El alcalde reunió enseguida algunas piezas, y se las mostró al cura.

—¿Servirán éstas, don Manuel?