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TERAPIAS
ÓSCAR
ALONSO ÁLVAREZ
Premio
de Relato Corto
en lengua castellana
2007
TERAPIAS
Para mi hija, Ainhize,
que me revela nuevos mundos cada mañana. Para mi mujer, Begoña,
que los preserva cada noche.
Conocí a Julián Valdivieso un martes
por la tarde en los alrededores de La Casa de Campo. Él estaba
posado con displicencia sobre los restos de un viejo cable de teléfonos
y, francamente, al principio su descuidado aspecto de alimaña desvalida,
no me resultó muy amistoso. Yo había ido a dar allí
por casualidad y lo último que esperaba al aparcar mi coche junto
a la cuneta para orinar, era mirar hacia arriba y encontrarme a cinco
metros de altura el cuerpo remiso de un hombre austeramente plegado sobre
sí mismo como un gorrión, mirándome. Después
de unos segundos de desconcierto inicial, en los que ninguno de los dos
acertó a decir nada, me hizo gestos nerviosos con la mano para
que subiera a su atalaya o me largara porque le estaba espantando la caza.
Nunca antes me había encontrado con nadie posado tranquilamente
sobre un cable como un funambulista sin público; ni había
sido testigo de esa destreza para esquivar los designios de la gravedad
como quien se remueve bajo las sábanas para retomar un último
sueño; y por supuesto, nunca antes en mi vida me había topado
con un hombre con alas. Así que, por si acaso, obedecí con
el fervor de un monaguillo. Mi impericia inicial para mantener el equilibrio
sobre aquella menguada superficie y el viento que soplaba a rachas del
norte hicieron que diera con mis huesos en el suelo media docena de veces
antes de conseguir cierto virtuosismo en el alambre. Entonces Julián
Valdivieso se ahuecó la gabardina con un gesto de versado gavilán,
plegó las alas, me ofreció un cigarrillo y enseguida comprendí
que no estaba delante de un tipo cualquiera, sino ante un experto equilibrista
que había conseguido crear un hospitalario hogar en aquel minúsculo
limbo a merced de la naturaleza. Hizo las veces de generoso anfitrión
y me ofreció también un refresco frío de cola. Con
las manos ocupadas en la lata, la conversación inaugural se me
hizo menos correosa. Y así, al constatar mi confusión, Julián
Valdivieso me fue explicando con abierto orgullo de huésped experimentado,
que todo era una simple cuestión de racionalizar el espacio, evitar
los lujos superfluos a los que la gente se había atado y regresar
a los pequeños placeres de la vida doméstica. Con un poco
de pericia, añadió extendiendo las alas, el tendido telefónico
podía ser un lugar excelente para descansar un rato. No obstante,
me aseguró a continuación, su verdadero hogar estaba algo
más alejado de la civilización, volando en paralelo a la
Nacional I, donde la sierra se desmochaba de árboles, en un saliente
con orientación sur que había usurpado a una familia de
azores en peregrinación. Aunque, claro, en verano se mudaba a un
coqueto nido que había alquilado en los hayedos de la sierra de
Cazorla, donde la caza era más propicia, la vecindad menos ruidosa
y las temperaturas suaves. Por la noche, se asomaba al borde de su cenáculo
y, a la luz difusa de las estrellas que parecían levitar en el
aire como lunas, se distraía contemplando el baile de las hojas
lacias de la Fagus Sylvatica, y el Quercus pubescens mientras los murciélagos
practicaban su danza de misiles. Acunado por la soledad de los pájaros,
se sentía feliz. Después, ignorándome por completo,
comenzó a atusarse sus grandes alas de alcatraz.
En aquella amistad provisional del primer día,
a golpe de cigarrillo fui completando la ornitológica imagen de
Julián Valdivieso. Rondaría los cuarenta años. Su
rostro pálido como una cebolla, prematuramente envejecido, la frente
agostada y sus ojos negros de picaza me decían que estaba en presencia
de un hombre triste; tal vez un ejemplar de una nueva especie en franca
expansión por el mundo; también fui descubriendo que había
sido técnico informático en una gran empresa, que había
estado casado y que tenía dos niñas en algún lugar
de Madrid. Frente a la luciérnaga de su cigarrillo, adiviné
la fotografía de dos caritas con ojos chispeantes y pelo rubio
ensortijado que sonreían a la cámara, y a su lado una mujer
joven de mirada serena. Parecía una familia feliz. Tras unos segundos
de tenso silencio, Valdivieso dejó escapar un suspiro de fuelle
y el diálogo derivó hacia otras cuestiones más banales
del mundo exterior como, qué partido estaba ahora en el gobierno
o si el Real Madrid había ganado la liga. Poco pude aclararle en
este sentido salvo que las cosas ahí abajo, señalé
hacia el suelo, seguían igual que siempre. Y el Madrid..., bueno,
a quién le importaba.
En un momento de la conversación, Valdivieso me pidió disculpas,
extendió las alas en toda su magnitud, tensó el pecho en
una postura chulesca de torero y emitió una especie de graznido
desafinado mientras oscilaba la cabeza con movimientos crípticos.
Tuve que agotar mis últimas reservas de equilibrio para mantenerme
con cierta dignidad sobre el alambre. Segundos después, de la lejanía
llegó una respuesta en un tono más agudo que, por el gesto
rijoso que Valdivieso dejó escapar, al instante identifiqué
como la respuesta femenina a su reclamo. Lo que me confirmó que
estaba ante la presencia de todo un sobreviviente de lo aéreo.
Valdivieso se había acostumbrado a aquella vida de equilibrios
anónimos en una época pasada de su vida, tal vez ya farragosa
y deshilachada como la cortina de un prostíbulo, a la que parecía
haberle cogido la gracia, como si en el fondo gozara de un sentido del
humor macabro y todo se resumiera en un ensayo general para el equilibrio
final del ataúd.
A cinco metros de altura el mundo, ciertamente,
resulta distinto. Yo conocía la historia del pretencioso Ícaro,
que huyó del laberinto del minotauro con una alas prefabricadas
de plumón y cera, y su desastroso final; también había
leído el relato de aquel escritor caribeño que contaba la
leyenda de un hombre muy viejo con alas, aparecido en un gallinero después
del diluvio, de donde el incrédulo propietario lo sacó a
escobazos. O la del loco llamado Chinasky que afirmaba que con sólo
pronunciar la palabra SOLZIMER, podías salir volando. Pero reconozco
que estar allí, acuclillado sobre un alambre como un gorrión
en retirada en un principio me resultó tan absurdo como la historia
del famoso artista del trapecio. No fue hasta un rato después cuando
comencé a adaptarme a aquella postura dócil, a merced del
viento, mientras mi cuerpo oscilaba el centro de gravedad casi sin darme
cuenta. Los primeros síntomas de la verdadera transformación
llegaron, sin embargo, poco más tarde como un apretón intestinal.
Valdivieso había escondido su cabeza bajo el sobaco y parecía
dormitar plácidamente levitando sobre su pierna derecha. Al comienzo
sólo fue una molesta punzada en la espalda que achaqué a
la postura de contorsionista, pero después se hizo patente que
algo realmente raro estaba sucediendo cuando mi camisa fue incapaz de
impedir la inesperada aparición de dos rotundas alas grises, de
casi un metro de envergadura, aspecto aerodinámico y plumón
todavía húmedo.
A partir de aquel día las cosas ya no fueron
lo mismo para mí. Nunca imaginé que pudiera existir una
raza de hombres con alas, alas de cóndor, alas de paloma, alas
de buitre, alas de lechuza como las mías: ideales para el ataque
nocturno, alas de alimoche, alas para la delación, para los malos
augurios, incluso inútiles alas de gallina... ¿Acaso había
llevado toda mi vida en mi interior a un ser solitario y taciturno, y
nunca me había dado cuenta? ¿Sería esto a lo que
se refería Carmen cuando decía que siempre estaba en las
nubes, que tenía la mente llena de pájaros y que era un
cabeza de chorlito? ¿Acaso tenía razón al decir que
me dirigía por la vida como una paloma atolondrada y que en el
fondo siempre fui un gallina? ¿Toda mi existencia podía
resumirse en el gesto apocado de una vulgar lechuza? Supongo que el primer
síntoma es darse cuenta de que uno ha cruzado la línea y
ve las cosas desde el otro lado. Mis alas, nacidas como en un parto cinematográfico,
me habían dejado tan desvalido como quien averigua una mañana
que ese ser que duerme en tu cama, en realidad, es un completo desconocido.
Yo lo había descubierto.
No obstante, pronto averigüé por el propio Julián Valdivieso,
que no era el único inquilino de aquellas alturas provisionales.
En la azotea del edificio de Correos vivían desde hacía
varias semanas los seis miembros de una familia de inmigrantes rumanos
de piel cetrina que se ganaban la vida en la calle Recoletos fingiendo
monstruosas malformaciones a los viandantes y que por la noche, en castrense
orden de retreta, regresaban felices con el preciado botín de la
piedad ajena para ocupar las angosturas de su cubil provisional; Sobre
la torre de RTVE habitaba una joven estudiante de Biología, Verónica
Carro, cimbreante y sensual como una grulla, a la que Valdivieso había
invitado varias veces a pasar la tarde tomando café en su nido
de Cazorla. En la cubierta del Santiago Bernabeu, un melenudo batería
de un grupo de heavy-metal que respondía por Ángel Arregui
y volaba como un estornino, le suministraba algo de hierba cuando la nostalgia
le suplicaba un reposo. O en las torres KIO, que estaban ocupadas desde
hacía varios años por el séquito de un viejo de costumbres
hurañas y porte de gárgola románica que decía
ser descendiente de un monarca europeo -el marqués del Guano, le
apodaba Valdivieso- y que sólo esperaba el momento de recuperar
lo que le pertenecía por ley y salir a la luz. La lista de tan
curiosa caterva de inquilinos continuaba hasta hacerse abrumadora.
No creo en la amistad trabada a ciertas edades,
porque uno corre el serio peligro de confundirla con ese agradecimiento
servil de quien se siente deudor, o con la torva sumisión del empleado,
pero he de reconocer que desde un principio sentí por mi anfitrión
un suave cosquilleo en el estómago similar al afecto que se debe
de cocer entre camaradas del frente, el mismo escozor en la mirada del
emigrante que tropieza con un compatriota al otro lado del mundo. Como
un entusiasta cicerone, Julián Valdivieso me fue guiando a través
de los laberintos de aquel otro mundo aéreo de gentes al que me
alisté como un prófugo de la vida visible y laboriosa que
había llevado hasta ese día. Así conocí a
los miembros de una clase especial de desheredados itinerantes, algunos
novatos y torpes, diletantes del vuelo libre sin verdadera vocación,
que intentaban alocadamente tomar las corrientes térmicas; otros,
veteranos del puente aéreo, que en apenas tres movimientos alzaban
el vuelo y se alejaban alegremente como un coleóptero en verano;
y que poblaban no sólo las alturas de Madrid, sino también
las cumbres mejor situadas de la sierra, o las cotizadas torres de telefonía
móvil del centro y el paseo del Prado. En una de estas excursiones
guiadas coincidí en la cornisa del BBVA con Eduardo Tejedor, compañero
de la universidad que, algo turbado por mi inesperada aparición,
no pudo evitar sonrojarse y terminó lanzándose en picado
como un halcón alegando un recado urgente. Y en la cubierta de
la catedral de la Almudena nos dimos de bruces con la mismísima
Penélope Cala, la top model de los años ochenta que había
protagonizado un desnudo en la portada de Interviú y que ahora
se dedicaba a frecuentar desesperadamente los saraos de moda tratando
de conseguir algún trabajillo que la resucitara al mundo. Julián
Valdivieso y yo vimos cómo su cuerpo de zancuda no había
perdido nada de su original frescura atlética, cuando extendió
sus alas de garza real trazando un bello escorzo de gimnasta en medio
de la cúpula como surgida de la nada. Fue hermosa su breve coreografía
de princesa que nos devolvió a un pasado de curvas turbadoras.
Luego, Penélope plegó las alas, se alisó el vestido
y salió taconeando cautivadora hacia la calle como si tal cosa,
seguida por nuestros ojos de acólitos rendidos.
Clausuré mi anterior vida esa misma noche
cuando Julián Valdivieso, con un gesto de franca hospitalidad,
reverencia incluida, me cedió temporalmente su acogedor nido de
la estación del Norte, mientras yo buscaba otra más acorde
con mis gustos. Ni que decir tiene que dormí de un tirón
hasta el día siguiente.
No fue tarea fácil encontrar un nuevo hogar para mí porque
las mejores atalayas ya estaban ocupadas de manera permanente. Otras carecían
de las mínimas condiciones higiénicas o presentaban desperfectos
evidentes como la ausencia de techumbre o sospechosas goteras. Algunos
nidos albergaban a incómodos vecinos y soportaban el trajinar propio
de un lupanar, de donde los fugaces clientes salían a veces de
madrugada con los zapatos en la mano, el pelo ensortijado o medio desnudos,
no sin antes lanzar miradas preventivas hacia el exterior como si regresaran
de perpetrar un crimen. En otros se organizaban farragosas timbas de poker
en las que, a la luz de media docena de cigarrillos, parecía imposible
conseguir el mínimo de intimidad requerida para no mostrar a los
demás la jugada. En otras, sin embargo, se podía adquirir
farlopa discretamente a buen precio. Todo resultaba novedoso y a todo
ello, he de confesar sin rubor, pronto me acostumbré. El hombre
es un animal de costumbres, algunas ciertamente impensables.
Logré un nido acogedor cerca de los Nuevos Ministerios, a pocos
calles del de Julián Valdivieso. No era lo mismo, claro está
-las vistas daban a un patio interior-, pero yo siempre fui una persona
que no necesitó excesivos lujos. Me instalé de inmediato.
Pasaba la mayor parte del tiempo durmiendo, sesteando
o vigilando a la gente que pasaba allá abajo con sus apresuradas
vidas. Todo un mundo ante mis ojos, pensaba divertido. A veces, Julián
Valdivieso venía a visitarme a primera hora de la mañana.
Como un inexperto atracador de pueblo me despertaba golpeándome
suavemente con su ala y luego me mostraba su pequeño botín
de objetos encontrados en los tejados, en los parques, bajo los bancos
tísicos de la Castellana que a mí se me antojaban similares
a los que debían de gastar los celadores del Purgatorio. Valdivieso
depositaba sobre el suelo metálico de mi lecho aquellos relojes
huérfanos de muñecas, las gafas que no volverían
a descansar sobre la mesita de noche, junto al despertador y los tranquilizantes,
las monedas, los bolígrafos mordisqueados, alguna carta sin sello
que ya nunca cumpliría su misión redentora; y, entonces,
durante unos breves minutos, los observaba con una mirada blanda de arqueólogo,
como si de un momento a otro fuera a exclamar: "Ahora sí,
ahora encaja todo."
Luego nos íbamos a recorrer los cielos como quien sale de cacería.
En otras ocasiones, me perdía en solitario por las azoteas en busca
de nuevas caras a las que dar la bienvenida. Era muy fácil reconocer
sus rasgos de fugitivos. En todas ellas podía descifrar el mismo
fragor huérfano de quien huye, la mirada vidriosa del desconsolado
o el paria, y entonces llegaba a la conclusión de que la mejor
manera de huir de un lugar no era poner tierra de por medio como un delincuente,
sino permanecer quieto y darle la espalda al mundo.
Regresaba a mi calabozo provisional como un furtivo, cuando la noche se
derramaba sobre Madrid como una espesa sopa de brea. Agotado, me moldeaba
de nuevo en la soledad angosta de mi nido con los brazos bajo la nuca
y mis breves alas de lechuza recogidas, mirando la cercana superficie
del cielo bajo el que todo parecía inmutable, y repasaba los algoritmos
de mi existencia como si se tratara de una reválida insalvable
donde en algún lugar un fusible debió de doblegarse. Pensaba
en Dios, si acaso en sus planes omniscientes todos habíamos nacido
-incluso un desgraciado como yo-, con un plan determinado bajo el brazo,
un destino brillante que culminar con decoro en el mundo o si, por el
contrario, nos había arrojado a este planeta a fastidiarnos unos
a otros como si, en el fondo, todo formara parte de una broma, una gran
broma macabra a la que sólo Él encontraba la gracia. Entonces
me ponía a pensar y la realidad de los vuelos se me revelaba en
toda su magnitud, con sus propias leyes universales, sus trayectorias
orbitales, sus Julián Valdivieso y sus mareas, como un cosmos paralelo
al de los hombres, sin traiciones, sin embustes. Uno era la medida de
sus alas y en ese nuevo orden imperaba la lealtad. Así, me atacaba
el sueño, un sueño metálico al que no podía
sustraerme en mi pequeña atalaya individual como una muerte fingida,
de la que a la mañana siguiente renacía con nuevas ansias.
Así pasaban los días, y pasaron las semanas. La extraña
sensación de haber vivido en el pasado algo similar, sin embargo,
comenzaba a atormentarme.
Fue en uno de esos despertares matinales, a finales
de abril, que al desperezarme sobre mi humilde hogar, creyendo que se
trataba de Valdivieso, orgulloso como un pirata con los restos de su último
pillaje, vi el rostro enmarcado de Carmen, mi mujer, a la que hacía
meses que no veía, y detrás a mi hija Nuria sollozando.
Supongo que al principio mi aspecto de alimaña despeinada, la barba
de náufrago emborronando mi rostro y mis párpados estirados
para concretar las formas, la convencieron de que se encontraba ante otra
persona y que los insidiosos rumores que había escuchado por el
barrio eran falsos. Dejó escapar un suspiro de alivio, pero en
aquellos rasgos que parecían desdibujarse, pálidos como
la piel de un ahogado, algo debió de llamarla la atención.
Quizás fue mi prominente nariz, quizás el brillo de pozo
sin fondo que mis ojos siempre han tenido y que me confieren la apariencia
de un ser melancólico, no sé. Algo en mi estampa de alimaña
sitiada le hizo ahogar un grito de espanto cuando me reconoció.
-Hola -dije por decir.
-Tu amigo me advirtió que estabas aquí -dijo lentamente
cuando se recobró de la impresión.
-¿Qué quieres?
A su lado, un bombero trataba de prestarnos algo de intimidad, removiéndose
nervioso en la celdilla que colgaba de la escala. Abajo, el mundo parecía
mirarnos desde la acera.
-Carlos, tu hija te necesita.
-Lo sé.
-Deberías verla más a menudo. Eres su padre.
-Dime cuándo quieres que vaya a verla y lo haré -dije-.
No quiero problemas con el juez.
Carmen tomó aire y bajó la cabeza como si confesara una
culpa:
-Yo también te necesito, Carlos -dijo en un sollozo-. Las dos te
necesitamos. Estoy dispuesta a intentarlo de nuevo.
La M-40 se disponía a afrontar con resignación
el puente del 1 de mayo y los carriles de salida, atestados de coches
repletos de equipajes auguraban una jornada caótica. Sería
un buen día para Valdivieso. La gente pasaba apresuradamente, familias
enteras pergeñadas para soportar las largas esperas, desesperándose;
jóvenes parejitas, grupos de ruidosos estudiantes.
-¿Me has oído, Carlos?
Lentamente, primero los brazos, luego el tronco, por último las
alas, emergí de mi guarida como un reptil despertado antes de tiempo.
Los bomberos habían elevado la escalera hasta el máximo
de su longitud. Abajo, en la calle, la gente se acercaba al reclamo de
las sirenas y el cordón policial. La luz me resultó dolorosamente
blanca. Me estiré hasta alcanzar mi altura normal mientras escuchaba
en mi interior el concierto pétreo de las articulaciones regresando
a su posición natural. Batí mis alas para desentumecerlas
mientras Carmen y la pequeña Nuria me miraban con ese gesto que
la gente dedica siempre a los dementes. Ellas no podían comprenderlo,
así que abjuré.
Carmen logró convencerme para que abandonara mi locura de surcar
los aires de forma anárquica e intentó que regresara con
ella y la niña a la casita de Torrelodones, que renaciera al mundo
de los seres realmente útiles.
Renuncié a la plácida amistad que me había conferido
Julián Valdivieso, y sus nidos de la Casa de Campo y comencé
una nueva vida aquí, lejos de todo. Lo que más me avergüenza
es que ni siquiera me despedí de él. Mi vida ahora no contiene
la intensidad de rostros que frecuenté entonces pero no puedo quejarme.
Tampoco logro evitar pensar que el hombre, ciertamente es un animal de
costumbres sorprendentes. Puedo constatarlo cada tarde cuando vuelvo cansando
a mi hogar. A veces, sólo por recordar los buenos tiempos, enciendo
un cigarrillo mientras pienso en Julián Valdivieso y su red de
atalayas perfectamente acondicionadas para subsistir de espaldas al planeta.
Qué será de la trup rumana; de los contoneos tentadores
de Natalia Salgado; cómo irán las gestiones cortesanas del
marques del Guano...
Sólo han pasado unos meses y, sin embargo, se me hace todo tan
lejano como las mansas telas de una duermevela. Afortunadamente aquellos
acontecimientos pertenecen a un pasado difuso que Carmen prefiere rememorar
con la nostalgia desvaída de un prisionero de guerra.
Además, las alturas de las cornisas no estaban hechas para un tipo
como yo. Es lo que me repite cada noche antes de acostarnos.
El cóctel farmacológico que me recetó el doctor Sagasta
obró su efecto transformador en escasas semanas. Al principio sólo
noté un leve deslucimiento de las plumas remeras primarias, seguido
de un prematuro otoño de las remeras escapulantes que me daban
el aspecto anoréxico de un flamenco en cautividad. Podía
comprobarlo cada mañana cuando salía de la ducha para embutirme
en mi albornoz y el sumidero quedaba cegado por un sucio plumón
como las algas de un naufragio. Había en aquella imagen matutina
algo de perdiz escabechada, algo de arcángel ensopado que no auguraba
nada prometedor. A los pocos días se confirmaron mis peores temores:
las remeras secundarias dejaron a la vista mi piel rosada en un inexorable
proceso de desplume que iba acompañado de la mirada serenamente
agradecida de Carmen.
Supe entonces con una intuición de alcatraz, la verdadera realidad
de lo que en aquellos días los noticiarios querían decir
al hablar de la enfermedad que afectaba a las aves silvestres, el mal
que podía contagiarse a los humanos, tozudo e imprevisible como
una revolución caribeña. Una peste con nombre de asteroide
recién descubierto; uno de esos pedruscos para los que no existe
un nombre de diosa griega y terminan reducidos a una fría signatura
matemática, y que, según decían todos, procedía
de Asia, de algún lugar remoto y sin ubicación concreta
en el mapa pero que requería soluciones de extrema severidad. Sentado
ante el televisor, contemplé absorto las medidas policiales que
el gobierno había establecido para atajar aquel desmán que
amenazaba con provocar una hecatombe. Pude ver las imágenes de
los noticiarios donde se repetían las redadas, las detenciones
policiales seguidas de la parafernalia médica, las ejecuciones
sumarias y la danza del fuego devorando los cadáveres de aquellos
desgraciados alados mientras los gobernantes llamaban a la calma. Y pude
comprobar el pánico descontrolado que se extendía a mí
alrededor como un falso rumor. Aquel invento de despacho con el que se
pretendía evitar que a la gente le brotaran alas en las corvas,
ciertamente, había logrado su propósito.
En los días siguientes sentí que mis alas perdían
fuerza igual que un boxeador sonado, y en aquel metódico cercenamiento
pude comprobar también la progresiva torpeza con la que se manifestaban
hasta que una mañana, al salir de la ducha, no tuve necesidad de
mirarme en el espejo para certificar que aquellas alas rumbosas con las
que había surcado los cielos de Madrid, yacían sobre la
bañera en una postura dislocada de alcatraz embreado. Ni siquiera
me dolió su caída, simplemente se desprendieron mansamente
como si les hubiese llegado la hora y hubieran decidido abandonarme con
la instruida discreción de un chambelán. Me quedé
un instante mirándolas como quien contempla un cadáver hallado
en el maletero. Carmen entró en ese momento con una bolsa de plástico,
las cazó con dos dedos mientras les dedicaba un severo gesto de
repugnancia y luego desaparecieron para siempre en el contenedor de basura.
De aquella época guardo un recorte de periódico
de cuando los bomberos me desalojaron de mi nido en la Castellana y dos
llamativas cicatrices en la espalda, a modo de cuchilladas simétricas
que Carmen se empeña en recubrir con una crema regeneradora de
última generación. Yo compruebo que es feliz así
y me dejo hacer.
Pero quiero también con esta confesión que conozcan toda
la verdad de lo sucedido, que entiendan que no pretendí ser un
tipo particularmente cruel o excéntrico, que nunca me consideré
estúpidamente original aunque leyera a escondidas a los filósofos
latinos. Y que he tratado de recuperar mi maltrecha dignidad a golpe de
andamio.
Y si no, vean hoy mismo con qué solícita mansedumbre acudo
a la oficina con mi cartera bajo el brazo y sobrellevo las risitas insidiosas
de mis compañeros, sus crueles chacotas en los pasillos, las pintadas
en el cuarto de baño, o las miradas socarronas del jefe al pasar
junto a mí. Con qué pacífica determinación
veo la televisión los fines de semana, mientras soporto estoicamente
las burlas de mi hija y sus amigos de la escuela; cómo huyo de
los callejones estrechos para ir a dar de comer a las palomas del parque.
Valoren, se lo ruego, con qué asquerosa resignación de asceta
he renunciado ante mis amigos a asomarme a los balcones, cómo huyo
de los espacios abiertos; la sonrisa inofensiva y bobalicona con la que
atisbo las angosturas de este ordenado mundo, mientras me demoro cada
tarde en el garaje construyendo para Carmen estas graciosas jaulas de
madera. Comprueben su excelente calidad y el fino acabado de palisandro;
y juzguen por sí mismos, con qué afán de orfebre
dispongo minuciosamente los barrotes sobre el banco de trabajo y les doy
forma de inexpugnable empalizada.
Ahora todo es diferente.
Obviamente, las alturas no estaban hechas para un tipo pusilánime
como yo. Fue una locura de juventud. Es lo que me digo cada noche antes
de dormirme. Cuando finalmente Carmen cierra los ojos reconfortada, vagamente
feliz y yo salgo del dormitorio para ir a fumar un último cigarrillo
al porche de nuestro bonito adosado de la sierra. Aquí el aire
siempre es fresco y la luz de los días ordenados se desinfla sin
un propósito concreto. Ya no pienso nada porque todo parece a la
expectativa; todo es previsible, todo normal. Y esta noche los murciélagos,
ciertamente, practican su danza de misiles.
últimu
mensaxe diba carecer d’esplicaciones y palabres, el so últimu mensaxe
sería una imaxe resume de lo vivío y del porvenir, el so últimu mensaxe
sería la cifra de lo qu’entá lu caltenía vivu: la esperanza futura.
El guía esplicó
a los escolinos lo qu’aconteciera n’aquella rexón en tiempos de guerra.
Narró la bio-grafía del profesor Allenberg, profesor de llingües semítiques,
poeta de sonadía, apasionáu de la pintura. Contó los sos últimos meses
nel pabellón de reclusos del campu de concentración de Belzec. Contó’l
so amor y dedicación poles llingües y cultures del mundu, faló de la so
afición a la música. Tamién escribiera un tratáu nel qu’aplicaba al llin-guaxe
musical un sistema de fórmules que lu asemeyaba a la tabla periódica de
los elementos. L’home ye química, y la so alma, y la música tamién. La
vida consiste n’afayar la composición que perfeccione a la persona, citó
de memoria al profesor. El guía amosó les pintures que tovía illuminaben
les habitaciones de los neños del teniente Köhner.
—Nel centru
pintó la tierra, un campu d’oru son los continentes: Oceanía, América,
Europa, Asia, África. Mirái les alegres figures de los homes, espurren
los sos brazos prietos a lo alto espardiendo roses azules pel cosmos,
una muyer llevanta’l so pelo y priende con él un sol más humanu, un neñu
asiáticu sopla y fai xirar n’órbita los planetes. Alredor les estrelles,
cientos, miles d’estrelles equidistantes de la tierra.
—Tenéis que
pensar nun tiempu de guerra, d’odiu y destrucción. Y sobre too, pensar
nun home bonu que lo perdió too y que yera consciente cuando pintaba estes
parees que s’averaba al so últimu destín, que s’enfrentaba a la muerte.
Los que lu obligaron a pintar esti mural queríen imponer la preeminencia
de les sos idees y el poder del so país sobre’l restu de les naciones,
porque cuidaben que yeren superiores a elles. ¿Qué pensáis que quería
dicir al pintar esto?
Los rapacinos
quedaron un momentu en silenciu intercambiando miraes, esperando qu’otru
los llibrase de la necesidá d’opinar.
Foi contra
la so costume, sorprendiendo a los sos alumnos, que la profesora de pedagoxía
Katheri-ne Werner, Katherine Köhner de soltera, respondió tamién citando
con una exaltación que la retrotraía a aquella neña qu’ellí mesmu tuviera
cinco años:
—Que dende
cualesquier llugar del planeta, dende cualesquier ser humanu, hai la mesma
distancia a les estrelles.
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