TERAPIAS
ÓSCAR ALONSO ÁLVAREZ
Premio
de Relato Corto
en lengua castellana
2007
TERAPIAS
Para mi hija, Ainhize, que me revela nuevos
mundos cada mañana. Para mi mujer, Begoña, que los preserva
cada noche.
Conocí a Julián Valdivieso un martes por la tarde en
los alrededores de La Casa de Campo. Él estaba posado con displicencia
sobre los restos de un viejo cable de teléfonos y, francamente,
al principio su descuidado aspecto de alimaña desvalida, no me
resultó muy amistoso. Yo había ido a dar allí por
casualidad y lo último que esperaba al aparcar mi coche junto
a la cuneta para orinar, era mirar hacia arriba y encontrarme a cinco
metros de altura el cuerpo remiso de un hombre austeramente plegado
sobre sí mismo como un gorrión, mirándome. Después
de unos segundos de desconcierto inicial, en los que ninguno de los
dos acertó a decir nada, me hizo gestos nerviosos con la mano
para que subiera a su atalaya o me largara porque le estaba espantando
la caza.
Nunca antes me había encontrado con nadie posado tranquilamente
sobre un cable como un funambulista sin público; ni había
sido testigo de esa destreza para esquivar los designios de la gravedad
como quien se remueve bajo las sábanas para retomar un último
sueño; y por supuesto, nunca antes en mi vida me había
topado con un hombre con alas. Así que, por si acaso, obedecí
con el fervor de un monaguillo. Mi impericia inicial para mantener el
equilibrio sobre aquella menguada superficie y el viento que soplaba
a rachas del norte hicieron que diera con mis huesos en el suelo media
docena de veces antes de conseguir cierto virtuosismo en el alambre.
Entonces Julián Valdivieso se ahuecó la gabardina con
un gesto de versado gavilán, plegó las alas, me ofreció
un cigarrillo y enseguida comprendí que no estaba delante de
un tipo cualquiera, sino ante un experto equilibrista que había
conseguido crear un hospitalario hogar en aquel minúsculo limbo
a merced de la naturaleza. Hizo las veces de generoso anfitrión
y me ofreció también un refresco frío de cola.
Con las manos ocupadas en la lata, la conversación inaugural
se me hizo menos correosa. Y así, al constatar mi confusión,
Julián Valdivieso me fue explicando con abierto orgullo de huésped
experimentado, que todo era una simple cuestión de racionalizar
el espacio, evitar los lujos superfluos a los que la gente se había
atado y regresar a los pequeños placeres de la vida doméstica.
Con un poco de pericia, añadió extendiendo las alas, el
tendido telefónico podía ser un lugar excelente para descansar
un rato. No obstante, me aseguró a continuación, su verdadero
hogar estaba algo más alejado de la civilización, volando
en paralelo a la Nacional I, donde la sierra se desmochaba de árboles,
en un saliente con orientación sur que había usurpado
a una familia de azores en peregrinación. Aunque, claro, en verano
se mudaba a un coqueto nido que había alquilado en los hayedos
de la sierra de Cazorla, donde la caza era más propicia, la vecindad
menos ruidosa y las temperaturas suaves. Por la noche, se asomaba al
borde de su cenáculo y, a la luz difusa de las estrellas que
parecían levitar en el aire como lunas, se distraía contemplando
el baile de las hojas lacias de la Fagus Sylvatica, y el Quercus pubescens
mientras los murciélagos practicaban su danza de misiles. Acunado
por la soledad de los pájaros, se sentía feliz. Después,
ignorándome por completo, comenzó a atusarse sus grandes
alas de alcatraz.
En aquella amistad provisional del primer día, a golpe de cigarrillo
fui completando la ornitológica imagen de Julián Valdivieso.
Rondaría los cuarenta años. Su rostro pálido como
una cebolla, prematuramente envejecido, la frente agostada y sus ojos
negros de picaza me decían que estaba en presencia de un hombre
triste; tal vez un ejemplar de una nueva especie en franca expansión
por el mundo; también fui descubriendo que había sido
técnico informático en una gran empresa, que había
estado casado y que tenía dos niñas en algún lugar
de Madrid. Frente a la luciérnaga de su cigarrillo, adiviné
la fotografía de dos caritas con ojos chispeantes y pelo rubio
ensortijado que sonreían a la cámara, y a su lado una
mujer joven de mirada serena. Parecía una familia feliz. Tras
unos segundos de tenso silencio, Valdivieso dejó escapar un suspiro
de fuelle y el diálogo derivó hacia otras cuestiones más
banales del mundo exterior como, qué partido estaba ahora en
el gobierno o si el Real Madrid había ganado la liga. Poco pude
aclararle en este sentido salvo que las cosas ahí abajo, señalé
hacia el suelo, seguían igual que siempre. Y el Madrid..., bueno,
a quién le importaba.
En un momento de la conversación, Valdivieso me pidió
disculpas, extendió las alas en toda su magnitud, tensó
el pecho en una postura chulesca de torero y emitió una especie
de graznido desafinado mientras oscilaba la cabeza con movimientos crípticos.
Tuve que agotar mis últimas reservas de equilibrio para mantenerme
con cierta dignidad sobre el alambre. Segundos después, de la
lejanía llegó una respuesta en un tono más agudo
que, por el gesto rijoso que Valdivieso dejó escapar, al instante
identifiqué como la respuesta femenina a su reclamo. Lo que me
confirmó que estaba ante la presencia de todo un sobreviviente
de lo aéreo. Valdivieso se había acostumbrado a aquella
vida de equilibrios anónimos en una época pasada de su
vida, tal vez ya farragosa y deshilachada como la cortina de un prostíbulo,
a la que parecía haberle cogido la gracia, como si en el fondo
gozara de un sentido del humor macabro y todo se resumiera en un ensayo
general para el equilibrio final del ataúd.
A cinco metros de altura el mundo, ciertamente, resulta distinto. Yo
conocía la historia del pretencioso Ícaro, que huyó
del laberinto del minotauro con una alas prefabricadas de plumón
y cera, y su desastroso final; también había leído
el relato de aquel escritor caribeño que contaba la leyenda de
un hombre muy viejo con alas, aparecido en un gallinero después
del diluvio, de donde el incrédulo propietario lo sacó
a escobazos. O la del loco llamado Chinasky que afirmaba que con sólo
pronunciar la palabra SOLZIMER, podías salir volando. Pero reconozco
que estar allí, acuclillado sobre un alambre como un gorrión
en retirada en un principio me resultó tan absurdo como la historia
del famoso artista del trapecio. No fue hasta un rato después
cuando comencé a adaptarme a aquella postura dócil, a
merced del viento, mientras mi cuerpo oscilaba el centro de gravedad
casi sin darme cuenta. Los primeros síntomas de la verdadera
transformación llegaron, sin embargo, poco más tarde como
un apretón intestinal. Valdivieso había escondido su cabeza
bajo el sobaco y parecía dormitar plácidamente levitando
sobre su pierna derecha. Al comienzo sólo fue una molesta punzada
en la espalda que achaqué a la postura de contorsionista, pero
después se hizo patente que algo realmente raro estaba sucediendo
cuando mi camisa fue incapaz de impedir la inesperada aparición
de dos rotundas alas grises, de casi un metro de envergadura, aspecto
aerodinámico y plumón todavía húmedo.
A partir de aquel día las cosas ya no fueron lo mismo para mí.
Nunca imaginé que pudiera existir una raza de hombres con alas,
alas de cóndor, alas de paloma, alas de buitre, alas de lechuza
como las mías: ideales para el ataque nocturno, alas de alimoche,
alas para la delación, para los malos augurios, incluso inútiles
alas de gallina... ¿Acaso había llevado toda mi vida en
mi interior a un ser solitario y taciturno, y nunca me había
dado cuenta? ¿Sería esto a lo que se refería Carmen
cuando decía que siempre estaba en las nubes, que tenía
la mente llena de pájaros y que era un cabeza de chorlito? ¿Acaso
tenía razón al decir que me dirigía por la vida
como una paloma atolondrada y que en el fondo siempre fui un gallina?
¿Toda mi existencia podía resumirse en el gesto apocado
de una vulgar lechuza? Supongo que el primer síntoma es darse
cuenta de que uno ha cruzado la línea y ve las cosas desde el
otro lado. Mis alas, nacidas como en un parto cinematográfico,
me habían dejado tan desvalido como quien averigua una mañana
que ese ser que duerme en tu cama, en realidad, es un completo desconocido.
Yo lo había descubierto.
No obstante, pronto averigüé por el propio Julián
Valdivieso, que no era el único inquilino de aquellas alturas
provisionales. En la azotea del edificio de Correos vivían desde
hacía varias semanas los seis miembros de una familia de inmigrantes
rumanos de piel cetrina que se ganaban la vida en la calle Recoletos
fingiendo monstruosas malformaciones a los viandantes y que por la noche,
en castrense orden de retreta, regresaban felices con el preciado botín
de la piedad ajena para ocupar las angosturas de su cubil provisional;
Sobre la torre de RTVE habitaba una joven estudiante de Biología,
Verónica Carro, cimbreante y sensual como una grulla, a la que
Valdivieso había invitado varias veces a pasar la tarde tomando
café en su nido de Cazorla. En la cubierta del Santiago Bernabeu,
un melenudo batería de un grupo de heavy-metal que respondía
por Ángel Arregui y volaba como un estornino, le suministraba
algo de hierba cuando la nostalgia le suplicaba un reposo. O en las
torres KIO, que estaban ocupadas desde hacía varios años
por el séquito de un viejo de costumbres hurañas y porte
de gárgola románica que decía ser descendiente
de un monarca europeo -el marqués del Guano, le apodaba Valdivieso-
y que sólo esperaba el momento de recuperar lo que le pertenecía
por ley y salir a la luz. La lista de tan curiosa caterva de inquilinos
continuaba hasta hacerse abrumadora.
No creo en la amistad trabada a ciertas edades, porque uno corre el
serio peligro de confundirla con ese agradecimiento servil de quien
se siente deudor, o con la torva sumisión del empleado, pero
he de reconocer que desde un principio sentí por mi anfitrión
un suave cosquilleo en el estómago similar al afecto que se debe
de cocer entre camaradas del frente, el mismo escozor en la mirada del
emigrante que tropieza con un compatriota al otro lado del mundo. Como
un entusiasta cicerone, Julián Valdivieso me fue guiando a través
de los laberintos de aquel otro mundo aéreo de gentes al que
me alisté como un prófugo de la vida visible y laboriosa
que había llevado hasta ese día. Así conocí
a los miembros de una clase especial de desheredados itinerantes, algunos
novatos y torpes, diletantes del vuelo libre sin verdadera vocación,
que intentaban alocadamente tomar las corrientes térmicas; otros,
veteranos del puente aéreo, que en apenas tres movimientos alzaban
el vuelo y se alejaban alegremente como un coleóptero en verano;
y que poblaban no sólo las alturas de Madrid, sino también
las cumbres mejor situadas de la sierra, o las cotizadas torres de telefonía
móvil del centro y el paseo del Prado. En una de estas excursiones
guiadas coincidí en la cornisa del BBVA con Eduardo Tejedor,
compañero de la universidad que, algo turbado por mi inesperada
aparición, no pudo evitar sonrojarse y terminó lanzándose
en picado como un halcón alegando un recado urgente. Y en la
cubierta de la catedral de la Almudena nos dimos de bruces con la mismísima
Penélope Cala, la top model de los años ochenta que había
protagonizado un desnudo en la portada de Interviú y que ahora
se dedicaba a frecuentar desesperadamente los saraos de moda tratando
de conseguir algún trabajillo que la resucitara al mundo. Julián
Valdivieso y yo vimos cómo su cuerpo de zancuda no había
perdido nada de su original frescura atlética, cuando extendió
sus alas de garza real trazando un bello escorzo de gimnasta en medio
de la cúpula como surgida de la nada. Fue hermosa su breve coreografía
de princesa que nos devolvió a un pasado de curvas turbadoras.
Luego, Penélope plegó las alas, se alisó el vestido
y salió taconeando cautivadora hacia la calle como si tal cosa,
seguida por nuestros ojos de acólitos rendidos.
Clausuré mi anterior vida esa misma noche cuando Julián
Valdivieso, con un gesto de franca hospitalidad, reverencia incluida,
me cedió temporalmente su acogedor nido de la estación
del Norte, mientras yo buscaba otra más acorde con mis gustos.
Ni que decir tiene que dormí de un tirón hasta el día
siguiente.
No fue tarea fácil encontrar un nuevo hogar para mí porque
las mejores atalayas ya estaban ocupadas de manera permanente. Otras
carecían de las mínimas condiciones higiénicas
o presentaban desperfectos evidentes como la ausencia de techumbre o
sospechosas goteras. Algunos nidos albergaban a incómodos vecinos
y soportaban el trajinar propio de un lupanar, de donde los fugaces
clientes salían a veces de madrugada con los zapatos en la mano,
el pelo ensortijado o medio desnudos, no sin antes lanzar miradas preventivas
hacia el exterior como si regresaran de perpetrar un crimen. En otros
se organizaban farragosas timbas de poker en las que, a la luz de media
docena de cigarrillos, parecía imposible conseguir el mínimo
de intimidad requerida para no mostrar a los demás la jugada.
En otras, sin embargo, se podía adquirir farlopa discretamente
a buen precio. Todo resultaba novedoso y a todo ello, he de confesar
sin rubor, pronto me acostumbré. El hombre es un animal de costumbres,
algunas ciertamente impensables.
Logré un nido acogedor cerca de los Nuevos Ministerios, a pocos
calles del de Julián Valdivieso. No era lo mismo, claro está
-las vistas daban a un patio interior-, pero yo siempre fui una persona
que no necesitó excesivos lujos. Me instalé de inmediato.
Pasaba la mayor parte del tiempo durmiendo, sesteando o vigilando a
la gente que pasaba allá abajo con sus apresuradas vidas. Todo
un mundo ante mis ojos, pensaba divertido. A veces, Julián Valdivieso
venía a visitarme a primera hora de la mañana. Como un
inexperto atracador de pueblo me despertaba golpeándome suavemente
con su ala y luego me mostraba su pequeño botín de objetos
encontrados en los tejados, en los parques, bajo los bancos tísicos
de la Castellana que a mí se me antojaban similares a los que
debían de gastar los celadores del Purgatorio. Valdivieso depositaba
sobre el suelo metálico de mi lecho aquellos relojes huérfanos
de muñecas, las gafas que no volverían a descansar sobre
la mesita de noche, junto al despertador y los tranquilizantes, las
monedas, los bolígrafos mordisqueados, alguna carta sin sello
que ya nunca cumpliría su misión redentora; y, entonces,
durante unos breves minutos, los observaba con una mirada blanda de
arqueólogo, como si de un momento a otro fuera a exclamar: "Ahora
sí, ahora encaja todo."
Luego nos íbamos a recorrer los cielos como quien sale de cacería.
En otras ocasiones, me perdía en solitario por las azoteas en
busca de nuevas caras a las que dar la bienvenida. Era muy fácil
reconocer sus rasgos de fugitivos. En todas ellas podía descifrar
el mismo fragor huérfano de quien huye, la mirada vidriosa del
desconsolado o el paria, y entonces llegaba a la conclusión de
que la mejor manera de huir de un lugar no era poner tierra de por medio
como un delincuente, sino permanecer quieto y darle la espalda al mundo.
Regresaba a mi calabozo provisional como un furtivo, cuando la noche
se derramaba sobre Madrid como una espesa sopa de brea. Agotado, me
moldeaba de nuevo en la soledad angosta de mi nido con los brazos bajo
la nuca y mis breves alas de lechuza recogidas, mirando la cercana superficie
del cielo bajo el que todo parecía inmutable, y repasaba los
algoritmos de mi existencia como si se tratara de una reválida
insalvable donde en algún lugar un fusible debió de doblegarse.
Pensaba en Dios, si acaso en sus planes omniscientes todos habíamos
nacido -incluso un desgraciado como yo-, con un plan determinado bajo
el brazo, un destino brillante que culminar con decoro en el mundo o
si, por el contrario, nos había arrojado a este planeta a fastidiarnos
unos a otros como si, en el fondo, todo formara parte de una broma,
una gran broma macabra a la que sólo Él encontraba la
gracia. Entonces me ponía a pensar y la realidad de los vuelos
se me revelaba en toda su magnitud, con sus propias leyes universales,
sus trayectorias orbitales, sus Julián Valdivieso y sus mareas,
como un cosmos paralelo al de los hombres, sin traiciones, sin embustes.
Uno era la medida de sus alas y en ese nuevo orden imperaba la lealtad.
Así, me atacaba el sueño, un sueño metálico
al que no podía sustraerme en mi pequeña atalaya individual
como una muerte fingida, de la que a la mañana siguiente renacía
con nuevas ansias. Así pasaban los días, y pasaron las
semanas. La extraña sensación de haber vivido en el pasado
algo similar, sin embargo, comenzaba a atormentarme.
Fue en uno de esos despertares matinales, a finales de abril, que al
desperezarme sobre mi humilde hogar, creyendo que se trataba de Valdivieso,
orgulloso como un pirata con los restos de su último pillaje,
vi el rostro enmarcado de Carmen, mi mujer, a la que hacía meses
que no veía, y detrás a mi hija Nuria sollozando.
Supongo que al principio mi aspecto de alimaña despeinada, la
barba de náufrago emborronando mi rostro y mis párpados
estirados para concretar las formas, la convencieron de que se encontraba
ante otra persona y que los insidiosos rumores que había escuchado
por el barrio eran falsos. Dejó escapar un suspiro de alivio,
pero en aquellos rasgos que parecían desdibujarse, pálidos
como la piel de un ahogado, algo debió de llamarla la atención.
Quizás fue mi prominente nariz, quizás el brillo de pozo
sin fondo que mis ojos siempre han tenido y que me confieren la apariencia
de un ser melancólico, no sé. Algo en mi estampa de alimaña
sitiada le hizo ahogar un grito de espanto cuando me reconoció.
-Hola -dije por decir.
-Tu amigo me advirtió que estabas aquí -dijo lentamente
cuando se recobró de la impresión.
-¿Qué quieres?
A su lado, un bombero trataba de prestarnos algo de intimidad, removiéndose
nervioso en la celdilla que colgaba de la escala. Abajo, el mundo parecía
mirarnos desde la acera.
-Carlos, tu hija te necesita.
-Lo sé.
-Deberías verla más a menudo. Eres su padre.
-Dime cuándo quieres que vaya a verla y lo haré -dije-.
No quiero problemas con el juez.
Carmen tomó aire y bajó la cabeza como si confesara una
culpa:
-Yo también te necesito, Carlos -dijo en un sollozo-. Las dos
te necesitamos. Estoy dispuesta a intentarlo de nuevo.
La M-40 se disponía a afrontar con resignación el puente
del 1 de mayo y los carriles de salida, atestados de coches repletos
de equipajes auguraban una jornada caótica. Sería un buen
día para Valdivieso. La gente pasaba apresuradamente, familias
enteras pergeñadas para soportar las largas esperas, desesperándose;
jóvenes parejitas, grupos de ruidosos estudiantes.
-¿Me has oído, Carlos?
Lentamente, primero los brazos, luego el tronco, por último las
alas, emergí de mi guarida como un reptil despertado antes de
tiempo. Los bomberos habían elevado la escalera hasta el máximo
de su longitud. Abajo, en la calle, la gente se acercaba al reclamo
de las sirenas y el cordón policial. La luz me resultó
dolorosamente blanca. Me estiré hasta alcanzar mi altura normal
mientras escuchaba en mi interior el concierto pétreo de las
articulaciones regresando a su posición natural. Batí
mis alas para desentumecerlas mientras Carmen y la pequeña Nuria
me miraban con ese gesto que la gente dedica siempre a los dementes.
Ellas no podían comprenderlo, así que abjuré.
Carmen logró convencerme para que abandonara mi locura de surcar
los aires de forma anárquica e intentó que regresara con
ella y la niña a la casita de Torrelodones, que renaciera al
mundo de los seres realmente útiles.
Renuncié a la plácida amistad que me había conferido
Julián Valdivieso, y sus nidos de la Casa de Campo y comencé
una nueva vida aquí, lejos de todo. Lo que más me avergüenza
es que ni siquiera me despedí de él. Mi vida ahora no
contiene la intensidad de rostros que frecuenté entonces pero
no puedo quejarme. Tampoco logro evitar pensar que el hombre, ciertamente
es un animal de costumbres sorprendentes. Puedo constatarlo cada tarde
cuando vuelvo cansando a mi hogar. A veces, sólo por recordar
los buenos tiempos, enciendo un cigarrillo mientras pienso en Julián
Valdivieso y su red de atalayas perfectamente acondicionadas para subsistir
de espaldas al planeta. Qué será de la trup rumana; de
los contoneos tentadores de Natalia Salgado; cómo irán
las gestiones cortesanas del marques del Guano...
Sólo han pasado unos meses y, sin embargo, se me hace todo tan
lejano como las mansas telas de una duermevela. Afortunadamente aquellos
acontecimientos pertenecen a un pasado difuso que Carmen prefiere rememorar
con la nostalgia desvaída de un prisionero de guerra.
Además, las alturas de las cornisas no estaban hechas para un
tipo como yo. Es lo que me repite cada noche antes de acostarnos.
El cóctel farmacológico que me recetó el doctor
Sagasta obró su efecto transformador en escasas semanas. Al principio
sólo noté un leve deslucimiento de las plumas remeras
primarias, seguido de un prematuro otoño de las remeras escapulantes
que me daban el aspecto anoréxico de un flamenco en cautividad.
Podía comprobarlo cada mañana cuando salía de la
ducha para embutirme en mi albornoz y el sumidero quedaba cegado por
un sucio plumón como las algas de un naufragio. Había
en aquella imagen matutina algo de perdiz escabechada, algo de arcángel
ensopado que no auguraba nada prometedor. A los pocos días se
confirmaron mis peores temores: las remeras secundarias dejaron a la
vista mi piel rosada en un inexorable proceso de desplume que iba acompañado
de la mirada serenamente agradecida de Carmen.
Supe entonces con una intuición de alcatraz, la verdadera realidad
de lo que en aquellos días los noticiarios querían decir
al hablar de la enfermedad que afectaba a las aves silvestres, el mal
que podía contagiarse a los humanos, tozudo e imprevisible como
una revolución caribeña. Una peste con nombre de asteroide
recién descubierto; uno de esos pedruscos para los que no existe
un nombre de diosa griega y terminan reducidos a una fría signatura
matemática, y que, según decían todos, procedía
de Asia, de algún lugar remoto y sin ubicación concreta
en el mapa pero que requería soluciones de extrema severidad.
Sentado ante el televisor, contemplé absorto las medidas policiales
que el gobierno había establecido para atajar aquel desmán
que amenazaba con provocar una hecatombe. Pude ver las imágenes
de los noticiarios donde se repetían las redadas, las detenciones
policiales seguidas de la parafernalia médica, las ejecuciones
sumarias y la danza del fuego devorando los cadáveres de aquellos
desgraciados alados mientras los gobernantes llamaban a la calma. Y
pude comprobar el pánico descontrolado que se extendía
a mí alrededor como un falso rumor. Aquel invento de despacho
con el que se pretendía evitar que a la gente le brotaran alas
en las corvas, ciertamente, había logrado su propósito.
En los días siguientes sentí que mis alas perdían
fuerza igual que un boxeador sonado, y en aquel metódico cercenamiento
pude comprobar también la progresiva torpeza con la que se manifestaban
hasta que una mañana, al salir de la ducha, no tuve necesidad
de mirarme en el espejo para certificar que aquellas alas rumbosas con
las que había surcado los cielos de Madrid, yacían sobre
la bañera en una postura dislocada de alcatraz embreado. Ni siquiera
me dolió su caída, simplemente se desprendieron mansamente
como si les hubiese llegado la hora y hubieran decidido abandonarme
con la instruida discreción de un chambelán. Me quedé
un instante mirándolas como quien contempla un cadáver
hallado en el maletero. Carmen entró en ese momento con una bolsa
de plástico, las cazó con dos dedos mientras les dedicaba
un severo gesto de repugnancia y luego desaparecieron para siempre en
el contenedor de basura.
De aquella época guardo un recorte de periódico de cuando
los bomberos me desalojaron de mi nido en la Castellana y dos llamativas
cicatrices en la espalda, a modo de cuchilladas simétricas que
Carmen se empeña en recubrir con una crema regeneradora de última
generación. Yo compruebo que es feliz así y me dejo hacer.
Pero quiero también con esta confesión que conozcan toda
la verdad de lo sucedido, que entiendan que no pretendí ser un
tipo particularmente cruel o excéntrico, que nunca me consideré
estúpidamente original aunque leyera a escondidas a los filósofos
latinos. Y que he tratado de recuperar mi maltrecha dignidad a golpe
de andamio.
Y si no, vean hoy mismo con qué solícita mansedumbre acudo
a la oficina con mi cartera bajo el brazo y sobrellevo las risitas insidiosas
de mis compañeros, sus crueles chacotas en los pasillos, las
pintadas en el cuarto de baño, o las miradas socarronas del jefe
al pasar junto a mí. Con qué pacífica determinación
veo la televisión los fines de semana, mientras soporto estoicamente
las burlas de mi hija y sus amigos de la escuela; cómo huyo de
los callejones estrechos para ir a dar de comer a las palomas del parque.
Valoren, se lo ruego, con qué asquerosa resignación de
asceta he renunciado ante mis amigos a asomarme a los balcones, cómo
huyo de los espacios abiertos; la sonrisa inofensiva y bobalicona con
la que atisbo las angosturas de este ordenado mundo, mientras me demoro
cada tarde en el garaje construyendo para Carmen estas graciosas jaulas
de madera. Comprueben su excelente calidad y el fino acabado de palisandro;
y juzguen por sí mismos, con qué afán de orfebre
dispongo minuciosamente los barrotes sobre el banco de trabajo y les
doy forma de inexpugnable empalizada.
Ahora todo es diferente.
Obviamente, las alturas no estaban hechas para un tipo pusilánime
como yo. Fue una locura de juventud. Es lo que me digo cada noche antes
de dormirme. Cuando finalmente Carmen cierra los ojos reconfortada,
vagamente feliz y yo salgo del dormitorio para ir a fumar un último
cigarrillo al porche de nuestro bonito adosado de la sierra. Aquí
el aire siempre es fresco y la luz de los días ordenados se desinfla
sin un propósito concreto. Ya no pienso nada porque todo parece
a la expectativa; todo es previsible, todo normal. Y esta noche los
murciélagos, ciertamente, practican su danza de misiles.